Gracias a Dios -con perdón de los laicistas- España no está en guerra, sino en elecciones. Somos, en cierto sentido, las antípodas de Francia. Y por eso me parece conveniente que, en vez de sumarnos al monopolio informativo que tanto le gusta a Hollande y tanto favorece al Estado Islámico, volvamos a recuperar la agenda electoral de la que van a depender cuatro años de nuestra inminente historia.
Y puestos a recuperar ese ambiente preelectoral, que pronto va a ser de nuevo desplazado por el puente de la Inmaculada y el ambiente navideño -con perdón otra vez de los laicistas-, podríamos empezar comentando los extraños giros que da la política, y cómo esta legislatura, que estaba destinada a desembocar en un ambiente de fuerte confrontación, alta participación y perceptible radicalización, está alumbrando una campaña anodina, con la gente harta de todas las exageraciones de la crisis, y con una extraña sensación de que también esta vez va a cumplirse el tópico de que «nunca pasa nada».
Máis aínda. La coincidencia astral entre la indigestión provocada por el independentismo catalán y la sobreactuación patriotera de Hollande, está convirtiendo a Mariano Rajoy en una extraña combinación de hombre de Estado -el único que acertó de pleno en el tratamiento de Mas y sus tabarras-, y en un líder de la moderación política y de la normalidad social. Frente al ardor guerrero que recorre buena parte de Europa, nuestro presidente no se salió del guion de una intervención legitimada por la ONU, administrada por la UE y consensuada por los partidos. Y, frente a la reacción oportunista de Francia, donde prevén tres meses de estado de excepción y fuertes recortes de las libertades, la denostada ley mordaza de Rajoy no es más que un catecismo laico del padre Astete, o una exageración estratégica de las oposiciones más insignificantes que ahora sufren sus propias contradicciones.
Aunque el paro sigue siendo una desmesura, y afecta sensiblemente a todos los indicadores de igualdad y bienestar, todo indica que la versión indignada de la España de hoy -el país de los niños hambrientos, los viejos desahuciados, los parados desatendidos, la clase media destruida, las escuelas derrumbadas y los hospitales cerrados- tampoco va a entrar en campaña, dando oportunidad para que la reflexión sobre lo que puede pasar y lo que tenemos que hacer se desarrolle con más tranquilidad y sosiego del que pronosticaron los profetas del desastre.
Así que, confiando en que no haya desgracias imprevisibles, le aconsejo que se meta de lleno en las elecciones y que -como insistiera ayer el presidente y editor de este periódico, Santiago Rey Fernández-Latorre- aproveche la oportunidad para marcar el rumbo. Porque el tiempo es bueno, el paisaje amable y el anticiclón político está en las Azores. Y podemos esperar una magnífica cosecha.