E n México los limpiabotas se llaman boleros o boleadores, y lo que hacen cuando lustran es una boleada. Quien contrata sus servicios se ve obligado a trepar por un artilugio metálico como la mona de Casal y se instala en el asiento elevado como un rey. Entonces el bolero le encasqueta un periódico que chorrea sangre y vísceras de los asesinados del día anterior, esto para desayunar. El proceso es meticuloso. Si hay tiempo, verás que a tus zapatos les quitan los cordones, los limpian con jabón de calabaza, los secan, los repasan con gasolina blanca y luego los embadurnan de betún. Y a frotar con estilo y elegancia. Los boleros, cuando no tienen clientes, hablan de sus cosas, de fútbol o de la vida, como Sócrates o Juan de Mairena. Los jóvenes se mantienen a distancia admirando a los mayores y aprendiendo el oficio. En México se respeta esta profesión, parte de su cultura, y que Cantinflas honró en El bolero de Raquel. En cambio, si uno pasa por delante de algún organismo oficial verá siempre personas humildes acampadas que ostentan carteles y pancartas con mensajes desaprobando la gestión de sus gestores. Y sorprende que siempre los tratan de tú. Es decir, los mexicanos respetan más a sus limpiabotas que a sus políticos. Qué país tan raro, ¿no?