La CUP, a pesar de autoproclamarse una organización política asamblearia, anticapitalista, antisistema y anarquista, y de afirmar que trabaja con rotundidad por un país independiente, ecológicamente sostenible, además de territorialmente equilibrado y desligado de las formas de dominación patriarcales, ya es casta. Y lo es porque su empate a 1.515 votos entre los partidarios de favorecer la investidura de Mas, y los contrarios a ello, por razones obvias huele a chamusquina. Ahora esperarán al próximo 2 de enero, y se despejara la incógnita, con la proclamación del conservador y neoliberal Artur Mas como presidente de una Generalitat bajo sospecha de sempiterna corrupción. Si Bakunin levantara la cabeza les correría a gorrazos, pues no se puede, ni siquiera por pragmatismo político, calificarse como los más antisistema del planeta para acabar instalando en la poltrona a un señor de derechas de toda la vida, que todo sea dicho de paso, y con nuestro ordenamiento jurídico en la mano, bajo ningún concepto podrá llevar a buen puerto la ilegalidad de una república catalana. Presumen de dinamiteros de un sistema en el que ya están involucrados como el que más. Pero queda muy moderno lo de ir de antitodo. Una moda que más temprano que tarde pasará.