El hombre más feroz de Sinaloa tenía una debilidad escondida en la autoestima. Capaz de asesinar a entre dos mil y tres mil personas -el redondeo resulta irrelevante a partir del segundo tiroteo-, «implacable y determinado», según la definición de la revista Forbes, el Chapo Guzmán ha vivido atormentado por su potencia genital y por un cierto complejo de eunuco.
Joaquín Archivaldo ha toreado al FBI y a la Interpol; se ha fugado por las alcantarillas; ha extorsionado, blanqueado dinero, torturado y amasado una fortuna estimada en mil millones de dólares gracias a un imperio criminal de violencia terrible, pero en la intimidad fría de su lavabo se miraba hacia dentro y se veía más bien flojo.
Su flaqueza lo llevó al quirófano, como si los complejos se pudieran extirpar igual que un lunar, y al final fue el bisturí que reclamó para animar su entrepierna el que le indicó a la policía por dónde andaba el narco. Ahora, capturado por unos cursis wasaps de quinceañero, el Chapo va a tener difícil restañar su autoridad de malvado en un mundo de machotes en el que se procesa mal el ademán doblegado que inspira el amor. Los maullidos de gatito combinan regular con los chasquidos de las ametralladoras.
Al hombre más cruel de Sinaloa no lo abatieron las balas sino la melena ondulada de una actriz de culebrones. El Chapo es el más reciente de una estirpe de hombres, ministros y poetas, reyes y magnates, tipos inclementes o abnegados a los que paraliza el traqueteo adictivo que introduce en el alma la pasión. Cuando lo perciben, no hay imperio que les compense.