Francisco Rubio: testimonio y referencia

OPINIÓN

26 ene 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

El profesor Rubio Llorente ha sido un destacado constitucionalista. Ha dejado su impronta en discípulos y libros y ha tenido relevancia en la orientación de nuestra Constitución. No pertenezco a su escuela, pero con él he coincidido en ocasiones, de una manera especial en el Consejo de Estado. Por eso este modesto testimonio sobre su persona. Mi primer recuerdo va a un congreso celebrado en Ginebra en 1975 que versaba sobre los referendos. Quedó clara su posición, de la que participaba, acerca del carácter extraordinario de esa forma de participación política, sin que haya necesidad de entrar en detalles. Ese tipo de reuniones favorece el contacto personal y pude comprobar en un escogido almuerzo, años más tarde rememorado, su talante humano, buen conversador, agudo, con puntos de humor e ironía.

Volvimos a coincidir en la elaboración de la Constitución, cuyo proceso siguió muy de cerca, desde su posición de letrado de las Cortes, en el que estuve involucrado directamente como diputado. Con independencia del asesoramiento que pudiera realizar como letrado, contribuyó con su entrañable amigo, el egregio administrativista García de Enterría, presidente de una notable comisión de expertos, a lo que hoy es el Estado de las Autonomías. Con él colaboraría en la redacción de la ley orgánica del Tribunal Constitucional. La fidelidad a sus convicciones, al servicio del Estado, quedó patente en la parte del informe sobre reforma de la Constitución que había solicitado el presidente Rodríguez Zapatero. Se trató, en definitiva, de constitucionalizar la realidad fáctica del Estado autonómico.

De su actuación como magistrado, destacaría para resaltar la coherencia de su conducta, el voto contrario al de su maestro García Pelayo, en una sentencia dramática para el presidente. Riguroso en sus convicciones y de ánimo abierto. Siendo director del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, sin ninguna dificultad aprobó la publicación de trabajos míos que en otra revista de la misma casa encontraron en alguna ocasión. Doy testimonio de esa apertura por las gestiones oficiales que realizó para que se prorrogara mi elección como consejero de Estado que presidía, siendo consciente de nuestra diferencia en cuanto a la orientación científica respecto del Estado autonómico. Vale como referencia permanente.

De su sentido del humor citaré una anécdota en el pleno del Consejo de Estado. Personalmente solía enviar las observaciones escritas por adelantado. En una ocasión no pude hacerlo. Al exponerlas oralmente me disculpé diciendo que las había pensado en el avión desde A Coruña. Me respondió algo así: «No sé qué hubiera ocurrido si hubiese venido desde Nueva York». Así es como lo recuerdo. Descanse en paz.