En esta fase en la que nos encontramos para que el rey designe candidato a la presidencia del Gobierno y empiece a contar el plazo de dos meses antes de que se convoquen nuevas elecciones si nadie obtiene la mayoría de la Cámara, la situación se parece al chiste del campesino y su huerta.
Dice ese chascarrillo que un labriego, harto de que le robaran en la huerta, se queda un día escondido para ver quién le birla por la noche, y descubre que se trata de dos chavales que entran por un agujero que tiene la tapia. Al día siguiente el campesino les espera en la pared con un garrote y justo cuando asoma la cabeza uno de ellos le pega un garrotazo en la boca. El chaval, todo dolorido, retrocede y le dice a su compañero con la mano en el hocico: «Entra tú que a mí me da la risa».
Bueno, pues donde reza campesino pongan rey; donde escrito está dos chavales, entiendan Mariano Rajoy y Pedro Sánchez, y donde dice huerta cambien por Congreso de los Diputados. Rajoy quiere alargar el impasse y que no le partan los dientes por ir primero a la carrera de San Jerónimo, donde Sánchez le tiene montado un patíbulo con televisión e Internet para cortarle el gaznate. Y con una sonrisa ligeramente insinuada le cede cortésmente el paso a Sánchez para que la boca se la partan al socialista, que pregona desde el principio el mamporro al santiagués y se las prometía muy felices paseando la cabeza de Rajoy en la pica, después de haberle puesto como chupa de dómine todos los portavoces de los grupos parlamentarios y dejándole a él el camino expedito a la presidencia del Gobierno. Una presidencia ofrecida y anunciada urbi et orbi por su vicepresidente Pablo Iglesias, y con Podemos en ministerios clave y apretándole los cigotos a cada poco, mientras los independentistas rematan la escabechina al PSOE y a su historia centenaria.
Rajoy, maestro en el arte de esperar y ver, es de jugadas largas y la que hizo el viernes fue de zancada, porque será difícil que Sánchez se zafe de recibir el encargo real alegando que no cuenta con apoyos suficientes, después de aceptar la humillante oferta de Iglesias y declarar exultante y públicamente que los votantes del PSOE y de Podemos no entenderían que no alcanzasen un acuerdo. Es posible que Sánchez obtenga una victoria pírrica «y reúna el aquelarre necesario para okupar la Moncloa», como ha escrito el maestro Xosé Luís Barreiro Rivas, pero también es posible que el PSOE le impida sellar un arreglo con las de Zurragamurdi y al final se celebren nuevos comicios o, como es de sentido común, apoye con su abstención y un programa conjunto, pactado, firmado y sellado con PP y Ciudadanos, un Ejecutivo que lleve al legislativo cambios institucionales y constitucionales necesarios y para los que las tres formaciones se bastarían. En este caso el secretario general socialista sería vigilante jefe de la oposición y, con suerte, candidato de nuevo a la Moncloa, después de haber salvado al PSOE de la garras de Iglesias, la CUP, PNV, ERC y CiU (DiL en esta etapa de camuflaje). Veremos.