Nadie puede hacer de Darín como Darín. El mérito de Ricardo corazón de Darín es que hace de todos nosotros. Hace de los tipos corrientes, pero que dan corriente cuando se ponen estupendos. Hace de la gente normal que es, muchas veces, excepcional. Del hombre que trabaja todos los días de su vida en una ferretería. Del loco héroe común que no sabe cómo llevar el restaurante, el divorcio, la novia, a su padre y a su madre, a la que el maldito alzhéimer le ha borrado todos los nombres de la cabeza. Y que sobrevive. Ahora se ha llevado el Goya, a la cuarta, por la dignidad que ha puesto en su interpretación al límite de la vida y de la muerte en Truman. Sí, la gala de los Goyas fue un desastre. Larga, previsible. Sí, el guion, pésimo. Dolía. Casi como ir al dentista. A la mayoría de los discursos les sobran las genealogías familiares. Pero es que el guion de los Oscar también tiende a malo. Hasta a insufrible y, con el cambio horario, te acuna en la madrugada. Pero siempre nos parecerá peor lo de aquí. Somos masoquistas. Volvamos a Darín. Tenía que haber sido Goya antes, como tenía que haber ganado el Óscar con El hijo de la novia (se lo robó En tierra de nadie). Menos mal que luego ganó el Óscar a mejor película extranjera de calle con El secreto de tus ojos. Pero a este galán, como de medio pelo o de estraperlo, le deben un tío Óscar a él. Nos vale de reparto, como el que tiene Javier Bardem. El mejor truco de magia de Darín es que hace que la realidad nos parezca real. Convierte a nuestros vecinos en tipos que deberían estar en la gran pantalla. Es una estrella de cine a pie por la acera, comprando el pan.