La perdiz mareada

Ramón Pernas
Ramón Pernas NORDÉS

OPINIÓN

La gente, ese colectivo difuso al que constantemente apela Podemos, comienza a estar harta, confusa y desorientada, ante la avalancha de información y contrainformación dirigida por las terminales mediáticas que manipulan y confunden al ciudadano desde el día siguiente de celebrarse las elecciones generales de diciembre pasado.

El poder, el ansia desmedida del poder, oscurece los grandes problemas que hay que resolver con urgencia programática. La deuda y su financiación, un gran acuerdo sobre las pensiones y la sanidad, el combate eficaz y el todos a una contra el paro, no está en los esquemas de las prioridades del país, de igual manera que se escamoteó el acuerdo nacional sobre la educación, y el incremento notable en la financiación del I+D+i, la cuestión catalana, la Europa que queremos? están en suspenso mientras se firman pactos improbables con soluciones constitucionales exprés y a la carta, o se decreta por ciento treinta parlamentarios electos el fin irreflexivo de las diputaciones y el desmantelamiento del Senado, brindando al sol o proclamando un «¡viva Cartagena!» que subraya un final feliz a, diría Camba, la nada imperfecta.

No sé muy bien hasta cuándo podemos aguantar el cúmulo de idas y venidas, la manipulación más abyecta, las ocurrencias extremas, las consignas elementales, los discursos posibilistas, las reivindicaciones imposibles y las descalificaciones más insolentes.

Habrá que declarar a la clase política sin excepción persona non grata, mientras partidos y plataformas acuerdan no hablar entre sí, poner vallas al campo o condenar, todos a una Fuenteovejuna, al presidente Mariano Rajoy a las tinieblas exteriores.

La coherencia es una cuestión antigua de cuando España, al igual que el Reino Unido, Alemania o Francia, seguían un turnismo bipartidista, que no funcionaba mal del todo, y que protagonizó los años mas prósperos de España, consolidando un período democrático que va para cuarenta años.

La noria, el tiovivo y la montaña rusa no pueden ser soluciones permanentes. Los españoles empezamos, como la perdiz, a estar colectivamente mareados, a no entender lo que está sucediendo, a exhumar odios que creíamos enterrados para siempre.

Y el tiempo transcurre sin treguas posponiendo y aplazando los problemas endémicos que esta sociedad padece. Acaso las nuevas elecciones, si hay que convocarlas de nuevo, no sirvan para mucho, no clarifiquen el panorama. O sí, pero para entonces la perdiz estará más conmocionada que mareada y el hartazgo de una politización excesiva de la vida cotidiana propicie una nueva marea, la abstencionista, que perturbe la solución deseada. Y eso ocurre por nuestra insistencia obsesiva en marear la perdiz.