El 26 de junio se celebran previsiblemente nuevos comicios. En realidad será un ensayo general de ballotage, o segunda vuelta como en las elecciones francesas, sin ir más lejos. En el panorama hispano, después de girar como una vieja noria, se presentarán como en el póker dobles parejas, aunque no sabemos quién será la pareja de cartas del PSOE y del PP. Por definición original y ADN de procedencia, parecería natural que el Partido Socialista sumara Podemos y la vieja guardia conservadora del PP se aliara con los jóvenes cachorros de Ciudadanos. Pero como en España nada es lo que parece, y las cosas y las historias son perversamente retorcidas, no valen las hipótesis normales y previsibles porque somos duchos en complicar todo, y cualquier parecido con la realidad puede ser pura coincidencia.
Yo no he votado a la formación de derechas que juega a ser la llave de la historia futura y que con unas decenas de diputados se ha convertido en el guardián de las esencias patrias por obra y gracia de la megalomanía del líder socialista que, con los peores resultados electorales de los últimos cuarenta años, se proclamó presidente in pectore del Gobierno de España después de firmar un protocolo imposible y contra natura con el partido de Rivera.
Yo, que he votado socialista, me siento estafado con el acuerdo poselectoral con Ciudadanos. No en mi nombre. No autorizo que mi voto, que desde este momento hago público, lo manipule lo que queda del PSOE, añadiéndolo a la oferta electoral de Ciudadanos, que está alejada de mis expectativas ideológicas. Yo no he votado socialista para que gobierne esa derecha descafeinada, desideologizada y vacua que lidera Albert Rivera. Si así lo hubiera querido, hubiera votado al original y no a la copia.
Y el original se llama Partido Popular, que hasta ahora gobierna Mariano Rajoy.
Mi fidelidad está en las siglas y se aleja cada vez más de las personas. Me explico: desde hace muchos años yo voto PSOE, voto socialdemocracia clásica y moderna, voto González, Palme, Brandt, Soares? y este pasado diciembre, líbreme Dios, no he votado Sánchez, he evitado el funambulismo político, la ambición primaria desmedida, y la renuncia a los viejos y sólidos valores de la idea del socialismo.
Y de aquellas lluvias, estos lodos. El todo vale en la conquista torticera del poder. Pero reivindico que no utilicen ni manipulen mi voto. No en mi nombre, y aguardo las nuevas elecciones, esa segunda vuelta para ubicar mi voto aun a riesgo de equivocarme, y con toda la nostalgia y la melancolía de un viejo socialista, no voy a volver a votar las viejas siglas a las que he sido fiel. Igual paso a engrosar las listas de la abstención y del desánimo.
Sigo siendo antropológicamente optimista, y pongo en la balanza de las peores circunstancias un no hay mal que por bien no venga. Y es en esa tesis donde ubico la conveniencia de una espuria segunda vuelta. Ballotage a la española. Parece un título de una comedia pre-Almodóvar.