La lluvia amarilla

Javier Guitián
Javier Guitián EN OCASIONES VEO GRELOS

OPINIÓN

Santi M. Amil

Andrés es el último habitante de Ainielle, un pueblo abandonado del Pirineo aragonés. Entre «la lluvia amarilla» de las hojas del otoño, el protagonista  evoca a otros habitantes del pueblo desaparecidos, en un relato magistral con el que Julio Llamazares nos acerca al éxodo rural y a la soledad de sus últimos habitantes. Obviamente el tema no es nuevo, y basta leer a Miguel Delibes o a Moisés Pascual, por poner solo dos ejemplos, para percibir cómo la vida en el mundo rural o la despoblación se pueden describir con extrema belleza.

Según se ha publicado en los medios, cada cinco días una aldea en Galicia queda deshabitada. Solo en el último año la comunidad gallega sumó setenta y cinco núcleos más a su listado de pueblos abandonados, que ya asciende a más de mil seiscientos. Hay además otras dos mil entidades de población que están a punto de quedarse vacías, puesto que solo tienen uno o dos vecinos. Según los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), Galicia está además a la cabeza de España en el abandono del rural, ya que concentra la mitad de los núcleos que se han quedado deshabitados en el territorio nacional y el setenta por ciento de los que están a punto de desaparecer.

Sobre las causas del proceso de despoblación del mundo rural se han realizado análisis con diferentes enfoques y algunos autores sostienen que la desaparición de la cultura rural es uno de los fenómenos más importantes del pasado siglo. Sea cierto o no, mi percepción es que en Galicia no le hemos prestado suficiente atención al fenómeno del abandono del rural y, menos aún, hemos previsto sus consecuencias. Hemos aceptado que el proceso es inevitable y, como tal, no es necesario adoptar medida alguna.

Y para muestra un botón. Los pasados meses he recorrido por motivos de trabajo A Ribeira Sacra. Cualquiera que se acerque a los concellos de A Teixeira, Castro Caldelas o Parada de Sil, por citar solo algunos ejemplos, se encontrará con numerosos lugares abandonados y con unas tasas de envejecimiento elevadísimas. En muchos casos, también, estos procesos tienen importantes consecuencias en la conservación del patrimonio natural.

Pues bien, allí he leído unas declaraciones del alcalde de Monforte en las que afirma preferir la construcción de una autovía a Ourense a que A Ribeira Sacra sea declarada Patrimonio Mundial. El curioso argumento es que esta siempre ha estado así sin necesidad de ninguna protección; no sé qué quiere decir exactamente pero, ciertamente, hace falta mucha fatiga intelectual para pensar que las cosas han ido bien: hoy hay más webs de venta de aldeas que niños en todo el territorio de A Ribeira.

Sé que el problema del mundo rural es complejo, pero no me cabe duda de que los escritores, como Llamazares o Delibes, se han acercado al mismo con mucha más sensibilidad que las Administraciones y, desde luego, que el citado alcalde.