Borgen

Ramón Pernas
Ramón Pernas NORDÉS

OPINIÓN

Hace un par de días que acabé de ver la tercera, y hasta ahora última, temporada de la serie televisiva danesa Borgen, que es como coloquialmente llaman los ciudadanos de Copenhague al palacio de Chistianborg, sede de los tres poderes del Estado y del primer ministro.

La serie, estrenada en su primera entrega en el 2010, cuenta esencialmente una lectura utópica del pacto político y las relaciones entre prensa y poder, y anticipa en gran medida lo sucedido -está sucediendo- tras los resultados de los comicios españoles del pasado diciembre.

Brigitte Nyborg se convierte en primera ministra sin ganar las elecciones por esa extraña aritmética casuística de equilibrios oportunistas, alejados de los dos grandes partidos hegemónicos. Las alianzas con los verdes, con el partido de la solidaridad y desde el suyo, el partido de los moderados, componen una carambola que posibilita la llegada al deseado cargo de primera ministra.

Hay toda una suerte de episodios que van desde el papel de los refugiados o las tropas danesas desplazadas a Irak hasta la política de las granjas porcinas, una de las principales industrias agrarias de Dinamarca, a las sanciones a la prostitución en una sociedad permisiva y tolerante.

Lo que resulta más novedoso para la ceremoniosa clase política española es la normalidad ciudadana en el comportamiento de los políticos del norte de Europa, que viajan en taxi o bicicleta como cualquier danés, y con solo dos escoltas en el caso de la primera ministra, que en la tercera temporada funda con tres compañeros del partido de los moderados una minúscula formación, los nuevos demócratas, para ofertar la nueva política danesa, con idénticos presupuestos de la vieja política, y ante la crisis económica que golpeó recientemente Europa, la monarquía reinante convoca nuevas elecciones en la que el nuevo partido de Nyborg alcanza trece escaños, lo que le da derecho a entrar en un Gobierno cuatripartito y en el reparto de sillones negociando tres ministerios y el puesto de canciller.

¿Les suena? Quizás ya no habrá nunca más Gobiernos formados por mayorías absolutas o suficientes y el mapa de Europa se fragmentará en multitud de partidos nacidos de las dos grandes corrientes que construyeron Europa, la conservadora y los movimientos socialdemócratas agrupados en las distintas denominaciones del socialismo, y las naciones, tras la cesión de soberanía de una Europa aparentemente unida, van a comenzar a parecerse en la forma de ser gobernadas. Y la forma girará en torno al pacto, aunque para ello habrá que reinventar una nueva lectura de la política, con otros planteamientos que no se parezcan en nada al reparto de sillones y al aparente sorteo de prebendas que no dejen ver el ondear de banderas patrias o el trigo mecido por el viento como discurso electoral. Habrá que desmentir a Lampedusa y asegurar que es del todo falso que lo nuevo no comienza a nacer, aunque no aparezcan los síntomas.