La protesta de Santiago Rey

Carlos G. Reigosa
Carlos G. Reigosa QUERIDO MUNDO

OPINIÓN

Creo que hay una línea periodística directa y común -de compromiso y de denuncia objetiva- entre el Yo acuso de Émile Zola y el Yo protesto de Santiago Rey Fernández-Latorre. Basta con echar una ojeada a los textos para darse cuenta de que, en ambos casos, se propugna un periodismo que acude en busca de la verdad y, simultáneamente, en su defensa, sin tomar en cuenta ambiciones personales o intereses societarios.

Pilar Canicoba

El valiente alegato de Zola en favor del capitán Alfred Dreyfus (en forma de carta al presidente de la República) ocupó toda la primera página del diario francés L’Aurore el 23 de enero de 1898. En ese texto defendía a un capitán de 35 años, judío alsaciano, acusado de alta traición por pasar información a los alemanes y condenado a cadena perpetua en la isla del Diablo de la Guayana francesa. La batalla planteada por Zola cambió la dinámica del caso Dreyfus y permitió desvelar su inocencia, así como la identidad del verdadero culpable. A pesar de que, durante el proceso, el escritor fue muy atacado -sobre todo por el estamento militar-, logró un imperecedero reconocimiento público. Desde entonces, y ya con la prensa convertida en un efectivo contrapoder, muchos textos han llevado el título de Yo acuso, en reconocimiento a la valiente denuncia de Zola.

Los textos de Santiago Rey recogidos en Yo protesto pertenecen a la estirpe del mejor periodismo, que creció y se empoderó con responsabilidad y exigencias de rigor en los últimos ciento veinte años, es decir, desde aquel Yo acuso primigenio. A lo largo de las 240 páginas del libro del presidente de La Voz de Galicia asistimos a las inquietudes, propósitos y denuncias de un editor comprometido que sabe ponerse en el lugar del lector y que es consciente de que solo de este modo es posible no equivocarse. «Porque el lector -dice- representa la quintaesencia del ciudadano, aquel que se informa, razona, forja criterio y participa».

El compromiso de Santiago Rey con Galicia emerge una y otra vez a lo largo del libro, como una constante sustancial sin la que no sería posible construir una respuesta informativa acertada, pertinente y oportuna, es decir, una respuesta-guía que permita escrutar la realidad y adelantarse a sus males mediante el seguimiento, la advertencia y, en su caso, la denuncia.

Desde que vio la luz el 4 de enero de 1882, La Voz de Galicia ha venido cumpliendo el compromiso -recogido en su primer número- de servir «los grandes y nobles y desdeñados intereses de esta hermosa y querida región». El objetivo, como explica ahora Santiago Rey, sigue siendo «construir ese nuevo espacio abierto y desinteresado, de encuentro y conversación, donde todos puedan ocuparse de lo común. Porque el Periodismo debe abrir un entorno de diálogo, no solo para los partidos o para aquellos grupos que por su capacidad económica u organizativa consiguen hacerse oír, sino también para dar voz a quien no dispone de esa fuerza, de modo que nadie quede excluido, marginado».

El conjunto de los textos de Yo protesto ofrece un programa de regeneración que apunta hacia la recuperación económica, la limpieza en la vida pública, la estabilidad y la convivencia en paz. Y esto quizá hay que tenerlo ahora más presente porque, como dice su autor, «nunca desde la restauración democrática ha habido en España un peligro tan inminente de ruptura, de quiebra social, de antagonismo entre iguales». Tal vez por ello Santiago Rey destaca la necesidad de abandonar el debate pueril y concentrar los esfuerzos en la búsqueda de consensos.

Yo empecé mi carrera profesional en La Voz de Galicia en 1972 y fue entonces cuando conocí a un brillante y enérgico Santiago Rey, que comparecía dispuesto a mejorarlo todo y hacer un periodismo comprometido y moderno. Aún estaba vivo Franco, era cierto, pero el franquismo ya no representaba el futuro. El joven editor lo sabía y actuaba en consecuencia, afrontando con valor amenazas y desafíos de la censura. Muchos años después, en el 2003, me otorgaron el Premio Fernández Latorre por un artículo sobre la valerosa y abnegada actitud de los gallegos ante el desastre del Prestige. Me sentí entonces desmesuradamente galardonado, porque sabía todo el talento, el esfuerzo y el acierto que se había acumulado en La Voz de Galicia.

Era inevitable, pues, que ahora yo leyese con pasión los textos de Yo protesto y que, después de hacerlo, no quiera guardar silencio. Porque no sería socialmente sano no reconocer o no subrayar los méritos de quien ha hecho realidad un proyecto de esta envergadura. Sin duda, el Zola periodista me daría la razón, porque él sabía mucho de estas lides y del valor, el tesón y la entrega que requieren los desafíos informativos. Y sabía, como hoy sabemos todos, que el periodismo es un incontestable indicador de la libertad y de la salud democrática de un país, como bien acredita cada día este periódico.