La pena de muerte volverá a Turquía, pese a los gestos reprobadores de los amigos europeos y de los aliados de la OTAN, porque «lo pide el pueblo». No duda de que tiene toda la legitimidad, al fin y al cabo, desde el pasado 20 de marzo, Erdogan es el paradójico zorro encargado por Bruselas de guardar el gallinero de la frontera europea con Oriente Próximo. Pero «los gobernantes europeos no son sinceros», se queja, porque de los tres mil millones de euros que le prometieron «para la atención de los refugiados», solo le han llegado algo menos de dos millones. Debe de temer que se reviva la historia de Escipión y Viriato, cuando el cónsul romano se negó a pagar la recompensa prometida a los asesinos del guerrero lusitano porque Roma no paga traidores. Tal vez sospeche que la autoría intelectual del crimen no importa cuando la norma pasa de inmoral a ilegal.
Eso debieron pensar los jefes de la UE respecto al oscuro acuerdo que pasó a la historia como viernes de la vergüenza, porque hoy apenas pestañean ante el explosivo escenario abierto en los confines orientales del imperio. Como mucho, avisan a Erdogan de que si sigue promoviendo la pena de muerte nos vamos a pensar si continuamos negociando la entrada de su país en nuestro club. A buenas horas... Turquía continúa su deriva totalitaria y fundamentalista, donde los derechos humanos son acorralados y sometidos a tortura por un poder con las manos ensangrentadas.
Pero no solo la UE está resultando inútil a la hora de gestionar las relaciones con Ankara. En el 2007 la ONU asumió el proyecto denominado Alianza de Civilizaciones «para la cooperación antiterrorista, la corrección de desigualdades económicas y el diálogo cultural». Antes de ser asumida por la ONU, esta propuesta, realizada en el 2004 por el presidente español Rodríguez Zapatero, fue firmada por Recep Tayyip Erdogan. A su paso por la ONU fue ratificada por otros veinte países de Europa, América Latina, Asia y África, por la Liga Árabe e incluso obtuvo el apoyo explícito de EE.UU. No ha pasado ni una década cuando esta idea está más lejana que nunca.
Cabe preguntarse dónde están los estrategas, la inteligencia, los servicios secretos -europeos y norteamericanos- en estos tiempos de desolación, de repetición de atentados, asesinatos masivos y muertes por abandono, en la metrópoli y sus aledaños. París, Niza, Múnich, Kabul, Estambul, Idomeni son escenario de acciones que pretenden distraer al público de los verdaderos rostros que se ocultan tras las máscaras, a la manera del teatro clásico. Europeos, americanos, rusos, israelíes, terroristas islamistas... juegan en el mismo campo minado apuntando a todo lo que se mueve. Y hace tiempo ya que nadie respeta las reglas del juego. Ni en la guerra ni en la paz.
Estamos en manos de una pandilla de inútiles, incapaces de prever, y ahora de contener, la desestabilización y la inseguridad que provocó, entre otras cosas, la invasión de Irak a principios de este siglo. Seguimos recogiendo la cosecha que entonces se sembró y los pueblos, más que nunca, vagamos, abandonados a nuestra suerte.