Eran otros tiempos. Madrid anunciaba en más de la mitad de los negocios, comercios de todo tipo, bares y cafeterías que durante el mes de agosto permanecían cerrados por vacaciones. Se volvía a utilizar la celebérrima frase de Francisco Silvela que aseguraba que «Madrid en verano con dinero y sin familia, Baden Baden», que como saben es una antaño popular ciudad balneario de la Selva Negra.
Eran otros tiempos y los destinos eran Benidorm o Torremolinos, la patente del modelo de sol y playa, y el Nodo anunciaba la llegada del turista cinco millones, y Fraga Iribarne era el ministro de Turismo de la España del seiscientos y de los primeros apartamentos de la costa, bomba atómica de Palomares incluida.
Hacía ya varios años que Julio Camba reivindicaba París y se mostraba duramente crítico con Galicia, donde los trenes eran renqueantes y se podían seguir viendo diligencias en una tierra donde los cangrejos no andaban hacia atrás, mientras en sus artículos decretaba que el turismo había fracasado y escribía en media línea que «el turista es un hombre impermeable».
Se mudaron las costumbres y se democratizó el veraneo, que creció hasta popularizarse y llegar hasta el corazón del Estado de bienestar, donde siempre parecía ser verano.
Las costas eran meras referencias, hasta agosto llegó la cultura del crucero y los españoles descubrieron los fiordos y las escondidas islas griegas. El intercambio entre ciudades gregarizó e infantilizó comportamientos y asistimos a las visitas tasadas y a las largas colas que convirtieron a la ribadense playa de las Catedrales en una cita cotidiana de algunos miles de turistas peregrinando a una catedral laica que labró el viento marino y en la que la erosión organizó su trabajo. O a ese fenómeno de rutinas masivas con cientos de viajeros fotografiándose en el llamado banco de Loiba, el selfie más común de los últimos agostos.
Pero ya nada es lo que era. Este agosto España se llena de urgencias, de obstinadas incomprensiones políticas en las que prima una suerte de egoísmo personal que envilece el viejo concepto de patriotismo levantando, otra vez, el fantasma electoral de unos terceros comicios. Mientras España está al sol, y aplazamos nuestros temores hasta septiembre, cuando sobre este viejo país volverán a caer chuzos de punta y la depresión posvacacional rehabilitará el temido y cíclico crujir de dientes.
España en agosto nos acerca este año nuevas elecciones en Galicia. Suerte que los tiempos parecen acortarse y que al despertar de la siesta agosteña ya tendremos encima la campaña electoral que volverá como siempre a ser tediosamente predecible. Pero de eso ya escribiremos más adelante.
El que suscribe también es viajero empedernido y cuenta los paisajes por agostos transcurridos, no es turista y como Camba, se declara veraneante y frecuenta aquellos lugares en los que fue feliz y su mundo es siempre una postal incompleta que va creciendo en su fantasía.
Agosto se agosta, corre implacable hacia septiembre. Como ocurre año tras año.