El limbo

Rubén Santamarta Vicente
Rubén Santamarta PAISANAJE

OPINIÓN

19 ago 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Hace un año, en un lugar al norte de Afganistán llamado Kunduz, un avión bombardeaba un hospital de Médicos Sin Fronteras. Hubo casi medio centenar de muertos, caos, protestas y la amarga sensación de que en guerra no hay espacio alguno para la neutralidad. Para simplemente curar a las víctimas. También la sensación de que la investigación militar y judicial ante aquella aberración solo causaría más dolor. «Un error», justificó EE. UU. Y nadie ha respondido por ello. Acabó en el limbo.

Hace apenas una semana, error o no (y al final es lo de menos, a ver quién explique la diferencia a las víctimas), el bombardeo fue en Yemen, también sobre gente de aquella oenegé, bajo los aviones de la coalición árabe. Las explicaciones también irán al mismo lugar. Al limbo.

Las niñas nigerianas secuestradas por Boko Haram siguen perdidas, resucitadas solo por YouTube (realmente son unas muertas en vida). Y esa tertulia global que es Twitter se ha olvidado de aquel «devolvednos a nuestras hijas». Otras más al limbo.

A uno, que se educó como casi toda su generación en los fundamentos del catolicismo, en los años en que faltaban sillas en la catequesis, le explicaron que el limbo era un espacio indeterminado en el que acababan los que morían sin librarse del pecado original. Y uno miraba al cielo e imaginaba que esa gente debía de andar por ahí arriba. Ahora uno mira la tele, ve al niño sirio Omran Daqneesh cubierto de polvo y sangre en una ambulancia en Alepo, y se pregunta en qué endemoniado limbo andamos metidos para no ocuparnos de lo que realmente importa. De un crío que en sus cinco años de vida no habrá tenido un solo día de paz.