Mientras seguimos esperando que a España llegue la democracia como quien espera a Godot, asistimos a la obscena representación de las luchas de los dioses menores, que Zeus contempla desde arriba con santa paciencia. Son dioses caprichosos, infantiles y maleducados, que niegan las preguntas a los periodistas, que toman decisiones a dedo, que se rodean de borregos que balan al unísono esperando que el macho alfa les premie con algún empleo con el que puedan pagarse el gin-tonic más caro del mundo en una playa de Ibiza. Vulgares e incultos políticos de la nueva era. Porque no hay derecho a que las gentes conservadoras tengan que votar a un partido cuyo líder, cuando fumaba puros, recibía, para encenderlos, en las cajas de madera, billetes de quinientos euros. Un líder que fue nombrado por el líder anterior, que a su vez fue nombrado por el anterior, en un alarde de nepotismo perpetuo. Un líder que no ejerce su rentable profesión, que tiene subarrendada, porque, en su modestia, quiere ser inmortal. Ser conservador es tan digno como ser progresista, y un partido de derechas es necesario en una sociedad plural. Por eso un objetivo prioritario de la sociedad española es sanear la política y consolidar partidos honrados y democráticos. Y cuando una ministra dimita porque la han pillado conduciendo con una tasa de alcohol que sobrepasa apenas el bajísimo máximo permitido, como acaba de ocurrir en Suecia, sabremos que la cosa va por buen camino.