Hace unos días, la propietaria de un establecimiento hotelero de una villa rural me contó una bonita historia. Una mañana de finales de los noventa, Manuel Fraga y su comitiva pararon a tomar un café en su local y el presidente, agradablemente sorprendido por la decoración, se preguntó: «¿Por qué no he inaugurado yo esto?». Pocos días después, el local fue inaugurado por don Manuel en medio de la algarabía y el bullicio general, aunque llevara meses funcionando; por supuesto, con partida de dominó incluida.
A los políticos les gusta mucho inaugurar cosas. El expresidente Fraga llegó a cortar la cinta de inauguración de una cascada en la desembocadura del Xallas. El actual alcalde de Vigo también inauguró un dinoseto, y no faltan fotos en la red de la fiebre de inauguraciones de rotondas con fuentes, aceras y tanatorios. Siempre me ha extrañado que a alguno de nuestros políticos no se le haya ocurrido inaugurar el Cañón del Sil, los acantilados de San Andrés de Teixido o la depresión de Maceda, porque piensan que su contribución al origen del relieve terrestre ha sido mucho más relevante que la de cualquier proceso geológico.
La cuestión viene a cuento de los comentarios en televisión y prensa sobre el maravilloso paisaje gallego que nos ha mostrado la Vuelta a España; los comparto. Nadie con sensibilidad puede negar la belleza de la ensenada de Vilarrube en Cedeira o de los viñedos de Doade en A Ribeira Sacra.
Es verdad que el panegírico ha llegado a extremos delirantes en los que parecía que era la estabilidad de Gobierno la responsable del basculamiento de los bloques o de los sedimentos fluviales, pero son sitios muy bonitos.
El problema es que, cuando uno se acerca y se baja del helicóptero, ve la realidad. Plantaciones de pinos y eucaliptos que parecen no tener fin, pistas sin sentido, viviendas que en nada se integran en el entorno y pueblos destrozados creados sobre formas de gran belleza que contrastan, por ejemplo, con lo que vemos en las etapas de Asturias, Navarra o del Pirineo. Aquí sí que hay responsabilidad de conselleiros, de alcaldes y de ciudadanos y no en la Orogenia Hercínica que, por lo que sé, es anterior a todos ellos.
Piénsenlo. El pueblo de Ares es un ejemplo de cómo destrozar una magnífica ensenada y la nave del puerto de Combarro hiere la sensibilidad de cualquier tipo medianamente normal; la red viaria de los alrededores de Ourense está diseñada por un niño enfurecido y las canteras de O Courel y Valdeorras son un escenario propio de un episodio de Mad Max. Ahí sí hay responsabilidad de la Administración y no en lo que ocurrió en el período Ordovícico que, por cierto, cualquier día inaugurarán.
Me gusta mi país, y la Vuelta a España, pero como dice mi amigo el geógrafo Augusto Pérez-Alberti, una de las personas que mejor conoce este territorio castigado, el problema de Galicia es que no soporta el zum.