La única solución está en unir, pero no cejan en resaltar lo que separa. Insisten en la necesidad de pactos, pero siempre es el otro el que tiene que ceder. Critican la existencia de líneas rojas en los contrarios, pero no paran de subrayar con los hechos que no habrá acuerdos sin respetar las suyas.
Coinciden en la urgencia de formar Gobierno, pero en lo único en que parecen estar de acuerdo es en no hacer nada hasta saber qué pasa el día 25 en Galicia y Euskadi. Analizarán al detalle los resultados, buscando el ángulo que les favorezca, pero no se fijarán en el funcionamiento del Parlamento de Euskadi y sus fórmulas, que han evitado el bloqueo, facilitado gobiernos en clara minoría obligados a la negociación constante e incluso a asimilar que la oposición les imponga decisiones.
Insisten en atribuir al otro la responsabilidad de repetir elecciones, como si el problema fuese que los ciudadanos tengan que ir de nuevo a las urnas. Como si el votar en diciembre garantizase que no haya que volver a hacerlo en junio del 2017. Como si el problema estuviese en repetir elecciones y no en tener un Gobierno que pueda ocuparse de una vez de los problemas de los ciudadanos y un Parlamento capaz de respaldarlo o de imponerle, si fuese necesario, las medidas para que la gente de abajo pueda salir alguna vez de la crisis.
Con acuerdos, con pactos. Esas palabras que nuestros políticos manejan continuamente para exigírselas siempre al de enfrente. Como si esperasen recoger en las urnas un premio a su incapacidad para el diálogo. Como si pretendiesen que la solución llegase por la vía del aburrimiento, con una abstención tan alta que entregue a precio de saldo un Gobierno con mayoría.