Mi amigo Moncho

Eduardo Riestra
Eduardo Riestra TIERRA DE NADIE

OPINIÓN

18 sep 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Ya sé que el memorial Moncho Rivera de futbol que se organizó este fin de semana en A Coruña se refiere a Moncho padre; pero inevitablemente cada vez que su nombre asoma la nariz por los últimos días de cada verano, yo me acuerdo de la cara llena de risa de Moncho hijo, que fue amigo mío cuando ambos andábamos por los diecisiete años y al que yo, como Polilla al bueno de Pinocho, inicié en el apasionante mundo de las siete y media y de fumar haciendo anillas con el humo. Aunque si bien se mira ambas son actividades cultas que citan Muñoz Seca en su don Mendo y a lo mejor también Quevedo o Martín Santos. Moncho el mío era entusiasta y generoso, con muchas ganas de hacer amigos y de respirar la vida como si estuviera despertando de un largo letargo o hubiera escapado de Albania. Su pasión, como la del joven Camilo José Cela o la del propio muñeco de Carlo Collodi, era la amistad, y en torno a ella fue construyendo, como las golondrinas tejen sus nidos, un atrezzo que sus espectadores disfrutábamos embobados. Ambos nos zambullíamos en el verano y nos rodeábamos de primas guapísimas que venían de Madrid hablando raro y que, como cuando los osos cazan salmones saltarines, se zafaban de nuestro abrazo aturullado y torpe.

Moncho tocaba el acordeón y montaba en una motocicleta Montesa de trial que yo envidiaba porque la mía era solo una Vespino. Y así se fue de la vida. Enseguida. Y yo, que quieren que les diga, me acuerdo de él todos los años por estas fechas.