De saludarte, otoño, de darte el abrazo de bienvenida que anudo con palabras cuando apareces al otro lado de mi ventana. Eres el de siempre, el que recuerdo paseando por los caminos dorados, por el color siena lleno de ocres que vas sembrando en la arboleda perdida de los recuerdos, en el disco duro que va reformateando mi memoria.
Llegas despacio, sin hacer ruido, del otro lado de un verano que aún crepita como un fuego fatuo que vas llenando de sombras, bajando el telón indolente de las tardes, arrastrando las amanecidas hasta despertar las mañanas.
No me olvido, otoño, de sentarte en mi colo y arrullarte en una nana cadenciosa compuesta con toda la melancolía que en cada equinoccio acercas a mi vida, por donde ya entra el otoño que precede a la vejez. Y fuera llueve. Como siempre. Y por la plaza convergen tres raiolas de sol jugando a encontrarse al mediodía. Y las vides vendimiadas redecoran el paisaje y al fondo puede verse la espadaña de una iglesia y el caminante imagina que en un reloj lejano suenan las doce campanadas de un ángelus improbable.
No sé si me sigues atrayendo, otoño, y vas podando los días que ya empiezan a correr hacia el solsticio de invierno que decreta el tiempo de los fríos por diciembre. Ya no sé si quiero recibirte como antaño, cuando en un bastidor antiguo ibas dejando bordadas las cenefas de octubre mientras un caballero arrancado de una pagina de Valle-Inclan anunciaba noviembre.
Y yo leía un libro de horas, un códice miniado que llenaba la tarde entera, y recordaba que la noche ya llegaba a Trasalba y a Mondoñedo y que Otero Pedrayo y don Álvaro discrepaban acerca de una saga nórdica que hablaba de un rey ciego de un país en el que siempre era octubre.
Ya escucho tu galopar, otoño, de jinete perdido entre la niebla y viajo entre la costa y la montaña, y descubro los caminos de Galicia, que se enredan confundiendo el paisaje que imagino teñido de noches, y comento contigo, otoño, los secretos de los días que transcurren sucediéndose, y hoy se parece mucho a mañana. Es jueves y hace muchos años era tarde de recreo, y se poblaba el bosque de setas escribiendo un crucigrama de encrucijadas, y vuela el pensamiento y dices en voz alta sin que nadie te oiga: por mí y por todos mis compañeros, como en los juegos infantiles, y el eco te devuelve el sonido, y la saudade se graba en tu pecho como un tatuaje. Y te preguntas por qué todo esto para saludar al otoño novicio, y te contestas que huyes de las miserias de un largo discurso electoral, de un sábado de reflexión y hastío. Que evitas las promesas incumplidas y los catálogos de buenos deseos, que todo es falso, y que una pareja de bueyes sigue tirando del carro de Galicia que viene, otoño, lleno de lluvias.
No me olvido de recibirte como solía. Por San Miguel se esconden los últimos racimos, las uvas tardías que cosechó el verano. Cómo no voy a saludarte, otoño.