La posibilidad de una abstención del PSOE a la investidura de Rajoy estaba en el meollo de la reunión del comité federal, aunque no figurase en el orden del día. Los críticos actuaron al modo de una operación quirúrgica de urgencia en el campo de batalla, al tener la convicción de que estaba prácticamente ultimado el acuerdo con los Podemos y nacionalistas varios para la investidura de Sánchez. No es el momento para discutir por qué se dejaron llegar las cosas hasta esa situación límite. La guerra no ha terminado con el armisticio de la gestora. Se refiere a la autodefinición del PSOE en el nuevo escenario político, que precisará tiempo. Como diría el sabio de Arteixo, con sorna socrática, «as cousas polos seus pasos». Ahora toca hacer posible la abstención, imposible con Sánchez; una tarea delicada para el presidente de la gestora, después del tumultuoso apeamiento de aquel, apremiada por el límite del 31 de octubre.
Es de elogiar la claridad con que Fernández ha hablado, para entendimiento interno y del PP, al sentenciar que abstención no es apoyo, ni significa propiciar la estabilidad del Gobierno. Ha facilitado su labor la declaración de Rajoy de no poner condiciones a la investidura. Una decisión realista.
De lo que se trata con la abstención es hacer posible la constitución de un Gobierno. El PSOE no está obligado a garantizar de antemano su estabilidad. La abstención, llámese táctica o como se quiera, justificada fehacientemente, es lo único que su representante habría de comunicar al rey, quien, de acuerdo con el artículo 99 de la Constitución, procedería a realizar la propuesta de candidatura que Rajoy no podría rechazar. No es el caso de la anterior legislatura; ahora contaría con los votos suficientes. Se encuentra atrapado por su aceptación de la investidura fallida, que solo podía realmente superarse con la abstención del PSOE que no se produjo.
Es claro que sería mucho mejor que hubiese un pacto de gobernabilidad y hasta puede discutirse que unas nuevas elecciones pudieran aportar mayoría suficiente para mayor estabilidad; pero entiendo que la constitución de un Gobierno ahora es de la máxima urgencia para asegurar el prestigio y la confianza en el exterior, y no tan precario como se sugiere, amenazado por una moción de censura que pudiera plantearse a medio término. Hay asuntos importantes en que es posible el acuerdo, trátese de los intentos independentistas o los compromisos europeos. De otra parte, las grandes reformas que afectan a la Constitución precisan de la amplia mayoría que tiene el PP en el Senado. La navegación no va a ser tranquila; pero eso es resultado de muchas causas, alguna de las cuales está en el uso de la mayoría absoluta. Pondrá a prueba no solo al Gobierno, sino también a la oposición, donde el PSOE tiene que encontrar el sitio adecuado para no acabar podemizado. Unas nuevas elecciones son siempre posibles. Provocarlas ahora es alargar la perniciosa interinidad actual.