... Y en polvo te convertirás

Javier Guitián
Javier Guitián A DEBATE

OPINIÓN

Aunque no soy un experto en la cuestión, me parece interesante el dictamen de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que prohíbe esparcir en el aire, o guardar en casa, las cenizas de nuestros seres queridos. En primer lugar, porque el documento nace en respuesta a las demandas de distintos obispos sobre la interpretación de la doctrina católica en tal cuestión.

En segundo, y esta es la cuestión de fondo, porque la prohibición trata de que, al igual que en el camposanto, cualquier creyente pueda rezar en presencia de los restos de todos los miembros de la comunidad ya fallecidos; es obvio que con las cenizas esparcidas esto no es posible, además de que, en casa, se podría hurtar tal posibilidad a un familiar, un excuñado, por ejemplo, poco querido. Nada hay que objetar, en mi opinión, a la decisión vaticana.

Cuestión bien diferente es si para quienes no siguen las directrices de la congregación debe existir algún tipo de control sobre la gestión o manejo de las cenizas y, frente a quienes sostienen que cada uno puede hacer con ellas lo que le dé la gana, mi opinión es que se debe regular. Es verdad que ceñiría tal regulación únicamente a los espacios públicos, pero no lo es menos que las cenizas de la abuela rara vez pasan en el aparador del salón más de una generación para retornar, finalmente, al espacio común.

Pues bien. No parece razonable que en pleno siglo XXI se imponga la moda de tirar los restos del abuelo por su acantilado favorito. Tampoco resulta edificante, como ocurrió en Sevilla, que una señora lleve los restos de su difunto marido en un tetrabrik para arrojarlos en el césped del estadio del Betis; si la costumbre se extiende entre la hinchada verdiblanca sería imposible ver las líneas del campo. No creo, por tanto, que se trate de un problema ecológico, ni de salud pública, ni, como he leído, las urnas en el mar supongan un riesgo para la navegación; se trata, simplemente, de usar el sentido común.

Mi problema es que al leer y escuchar el debate surgido en torno al destino de las cenizas de nuestros seres queridos, no puedo evitar recordar la secuencia de El Gran Lebowski en que las cenizas de Donny son «arrojadas» al océano Pacífico; un magnífico ejemplo de cómo un acto sentido se convierte en una parodia.

Quitemos, pues, hierro a la cuestión, y pensemos, sin dramatizar, si es necesaria una cierta regulación.

Javier Guitián. Catedrático de la USC y experto en medio ambiente.