A Pedro Sánchez le gustan los rodeos. Desde el 20D ha dado una larga y dolorosa vuelta de diez meses para acabar yéndose. Y su renuncia al escaño es otro desvío, porque se va para volver después de su gira en coche por España, de militante en militante. Claro que el rodeo es su vocación genuina. Porque en 137 años es el primer secretario general del PSOE que no quería ser secretario general para llegar a presidente del Gobierno, sino que quería llegar a presidente para seguir siendo secretario general del PSOE.
Entre el rodeo de Pedro Sánchez y los de Rodea el Congreso casi le amargan la tarde a Rajoy. No la investidura, que ya sumaba desde el jueves, sino el Alavés-Madrid, que era lo que ayer de verdad le preocupaba al presidente. Ayer, en el Congreso, unos veían un golpe de Estado dentro y otros lo veían fuera. Pero luego, sin dramatismos, lo de dentro resultó ser una abstención y lo de fuera una manifa.
Eso sucedió por la tarde. Antes, a las 12.30, sin preguntas pero con lágrimas en directo, descubrimos que Pedro Sánchez es ese escopetero que en las pelis del Oeste va sentado junto al cochero de la diligencia. El escopetero es un secundario entrañable, e incluso de vez en cuando puede ganar un óscar. Pero no es el auténtico protagonista, que siempre viaja dentro de la berlina junto a su futura amada, un médico borrachín y un tahúr buscado en cinco estados.
El problema de Sánchez, que ayer puso su acta de diputado sobre la mesa del saloon de San Jerónimo como quien desenfunda un póker en la última mano de la partida, en el fondo son tres problemas distintos:
1. El escopetero solo está ahí para ser el primero en caer cuando los forajidos o los pieles rojas rodean el carruaje. Al escopetero hay que matarlo cuanto antes (en los guiones y en la vida) para que el verdadero héroe -que suele ser un tipo muy parecido a John Wayne- suba de una vez al pescante con su Winchester y se gane a tiros la leyenda llevando la diligencia sana y salva a su destino.
2. Pedro Sánchez no sabe que ya está muerto y sigue sentado en el techo del carruaje como si la cosa no fuese con él. No es solo que esté muerto, es que es el caballero decapitado de Sleepy Hollow. Tiene asustado al vecindario y hasta puede cargarse a alguien con su espada vengadora, pero en realidad ya no existe. Es solo un espectro.
3. Cuando el carruaje finalmente se detiene ante la sede de Ferraz y el cochero abre la portezuela, el espectador descubre que la diligencia está vacía. Como aquel taxi del que, según Churchill, se bajó su sucesor Clement Attlee al llegar al 10 de Downing Street.