Como a la tercera va la vencida, este año por fin me invitaron a la toma de posesión de Alberto Núñez Feijoo como presidente de la Xunta de Galicia. Y para allá me fui, paraguas en mano; me dije, con la que está cayendo. Ya en el Obradoiro, como en el mercado de los jueves, nos metieron en unas vallas para que no nos escapáramos, y allí bajo la lluvia esperamos al reiteradamente nuevo presidente. Y llegó, junto a Rajoy, ambos emparaguados, y se dio un baño de multitudes. Y sobre la lluvia meteorológica le cayó también el chaparrón de las gaitas y los tambores de la banda escocesa de Baltar, que ya tiene una gaitera japonesa. Habló el Kennedy gallego de los gallegos de Galicia, de España, de Europa, del mundo, del Universo, como esas direcciones que escribían antes los niños en las cartas, y habló también de ingeniería civil. Se refirió a los caminos y puentes de Galicia. El presidente se envolvía en la bandera con sus palabras, que todos aceptábamos con entusiasmo patriótico. Entusiasmo que compartimos con las mujeres del presidente, que parecían querer peinarle el flequillo como a un niño que hace la primera comunión.
Alberto conoce a su gente y su gente lo apoya con entusiasmo. Y yo, la verdad, creo que el partido popular de Galicia ha ganado mucho con respecto al príncipe de Salina. Aquel feroz jugador de dominó que se sabía el Espasa de memoria. Y como uno va -qué hay de lo mío- porque quiere que lo vean, pero con tanto paraguas no había manera, le digo que yo fui. Ahí lo dejo.