Donald presidente

Javier Guitián
Javier Guitián EN OCASIONES VEO GRELOS

OPINIÓN

Aunque Donald Trump me parece un tipo indecente, no tenía claro que perdiera las elecciones. Sé que es fácil decirlo ahora, pero en los últimos días de campaña escuché a algunos analistas políticos norteamericanos y tenía mis dudas sobre el resultado. Sus argumentos se basaban fundamentalmente en el distanciamiento del ciudadano medio de las élites políticas, en la identificación de ese mismo votante con alguien que sintoniza más con sus gustos que Hillary y, finalmente, en que todavía existen reticencias a que una mujer sea presidenta de la nación. Dejando al margen la cuestión de género, se trataría del populismo creciente en que alguien de la élite económica, intelectual, o que surge del propio régimen, afirma ser un ciudadano más, sin ataduras, que entiende los problemas de la clase media y que tiene soluciones sencillas, por absurdas que estas sean. Nos encontramos, de nuevo, ante el debate entre la casta, Hillary, y quien dice representar los verdaderos intereses del pueblo, Trump.

Pues bien. Empiezo a entender lo ocurrido después de escuchar a los demócratas decir, ante la derrota, que les quedan cuatro años para convencer a Michelle Obama de que se presente a la presidencia. Por ceñirme a lo reciente: Bush padre e hijo, Bill Clinton y Hillary, Barack Obama y Michelle. Aquí algo falla. Si en ese gran país, con gente extraordinariamente formada, las únicas personas que la élite contempla para ser presidente son estas, Trump tiene razón en que nos encontramos ante una verdadera casta y los electores la han castigado.

Cuestión diferente es entender cómo es posible que el equipo de la candidata demócrata no haya percibido la importancia de esa cuestión, planteando la campaña con tal frialdad y distancia; basta escuchar el discurso de aceptación de la derrota de Clinton para darse cuenta de que si ese hubiera sido el tono de campaña las cosas hubieran podido ser diferentes. Mi impresión es que sin la ayuda final de Obama la cosa hubiera podido ser peor.

Creo que el triunfo de Trump no supone una amenaza salvo, claro, para la decoración de la Casa Blanca. Tampoco me parece que su política cambie sustancialmente las grandes líneas de la política americana, con algunas excepciones en el ámbito internacional, la inmigración o la lucha contra el cambio climático. Es verdad que no es poca cosa, pero en el primer caso existen contrapoderes que pueden moderar esos cambios; en el segundo, no estará de más revisar la situación de los inmigrantes en sus empresas y, finalmente, si vuelve atrás en los acuerdos firmados para frenar el cambio climático, el primer afectado por el calentamiento global será su tupé.

Creo que la victoria de Trump tiene ciertas ventajas. Ante la proximidad del Entroido, nadie discutirá que es mucho más fácil disfrazarse de Donald que de Hillary; basta una corbata roja, un peluquín y empezar a insultar para bordarlo.