Tal vez el hecho de que Kirk Douglas hubiese nacido en 1916, justo en medio de la Gran Guerra (1914-1918) lo haya predestinado para Senderos de Gloria. Su centésimo cumpleaños de esta semana nos hace a sus espectadores recordar a Espartaco o a Van Gogh, pero a mí, sobre todo, al coronel Dax. La película de Stanley Kubrick -esa bestia de la cámara- fue rodada el año que nací, pero yo, que fui un niño del cine Equitativa, la vi ya cuarentón -como Casablanca, cosas de la vida- y se me ha quedado la carne de gallina para el resto de mis días. La Primera Guerra Mundial, la guerra del barro, de las trincheras, de la carnicería, fue la última de las guerras de tropa, que después se irían cambiando por las guerras de misiles, y en la película, dramática, desgarradóramente pacifista, se denuncia la masacre que los gobernantes llevaron a cabo contra sus propios ciudadanos, que utilizaban como combustible para mantener viva la guerra. Los ciudadanos, que lo que quieren es dormir en una cama y desayunar con su familia, ordeñar una vaca, arreglar una silla o hacer cuentas de multiplicar y reglas del siete. Cuentan las enciclopedias que entonces en Europa se movilizaron setenta millones de soldados. Y Kubrick, filmando en blanco y negro, explica que los soldados solo son hombres. Ya Remarque con su Sin novedad en el frente y Frank con La calavera del sultán Makawa habían alzado su voz contra esta guerra y contra los nacionalismos. Pero lo de Kubrick y Kirk Douglas es, como diría Espronceda, horrísono bramar.