Un año que expira es motivo para hacer un repaso de lo acontecido; por exigencias contables y hasta como terapia personal. El año nuevo, por cuya ventura nos felicitamos, no cambia en un día la trayectoria del que es pasado. También por eso es recomendable echar un vistazo a lo que temporalmente queda detrás, pero influye en lo que viene. Podría decirse que 2016 ha supuesto, desde determinados ángulos, como un punto de inflexión. Por citar dos muestras, parece evidenciarlo la portada de un semanario americano que ha seleccionado como persona del año a Trump, presidente electo de lo que denomina los Estados Desunidos de América y en España la composición del Congreso de los Diputados con sus consecuencias. Permanecen problemas, e incluso se acentúan, que rebajan nuestro orgullo de sociedades civilizadas en un mundo global que no permite desentenderse. Es el rutinario recuento de personas ahogadas en el mar en un intento desesperado por llegar a Europa o de víctimas de guerras en las que no participaban; de modo indiscriminado como en Berlín y Niza, o selectivo como los cristianos de Egipto, Pakistán y Nigeria. La muerte de los inocentes ordenada por Herodes es, por desgracia, un relato actual. También ahora hay víctimas que interpelan desde su inocencia a quienes tienen poder o a lo asumido como socialmente correcto desde la impotencia para nacer.
Puestos a mostrar un icono de lo que ha proyectado 2016, elegiría Alepo en Siria. Se entrecruzan allí intereses y posiciones políticas en un conflicto bélico que las grandes potencias no han sabido o no han querido impedir durante estos últimos años y del que no son ajenos. Casi metro a metro la ciudad ha sido devastada por unos y otros, por tierra y desde el aire. Con dificultad se consiguieron efímeras treguas para evacuar a indefensos ciudadanos. Después de cuatro años ha podido celebrarse la Navidad en la destruida catedral. Un Belén formado por maderas y desechos que dejaron los bombardeos. En el centro un Niño desvalido, excluido de la sociedad porque no había lugar en la posada de la aldea. Desde esa perspectiva, 2016 puede ser recordado como el año de la misericordia proclamado por la autoridad moral del Papa Francisco. Es la respuesta cristiana a «una humanidad que arrastra heridas profundas que no sabe cómo curarlas». Tan está en el meollo del mensaje cristiano que, con su expresivo lenguaje, ha llegado a decir que «la misericordia es el carné de identidad de nuestro Dios». Es cuestión de abrir el corazón, de reconocer la necesidad y justicia del perdón, más allá de lo educado en los mínimos roces sociales, porque nos hemos equivocado. Se concreta en obras, al alcance de todos, que se manifiesten en la vida cotidiana: visitar y cuidar a los enfermos, dar de comer al hambriento, dar buen consejo al que lo necesita, sufrir con paciencia los defectos del prójimo… No resolveremos los problemas globales, pero contribuiremos a la paz en el ambiente en que nos desenvolvemos.