¿A mí qué me importa lo que dice Donald Trump o Mariano Rajoy; qué me importa Cristiano Ronaldo o Bruno Mars si vienen los de parques y jardines y me cortan los eucaliptos de la rotonda de Riazor en A Coruña? Aquellos gigantes que ya estaban allí antes de que yo naciera, y que forman parte de mis primeros olores, de mis más remotos recuerdos, junto con las conchas y la arena de la playa inmediata que recogíamos en navidad para el nacimiento. Los inmensos inmigrantes, traídos de Australia no se sabe cuándo por Fray Rosendo Salvado, aquel cura de Tui que en nuestras antípodas todos recuerdan y respetan. Árboles que echaron raíces y fueron explotados como los simpapeles, hacinados, denostados. Los eucaliptos, que defendía en los años sesenta el ingeniero de montes Guillermo Camarero contra todos.
Pues esta semana alguien ha clavado en un tronco la sentencia de muerte, que de inmediato ha sido ejecutada. Se decía en el papel no se qué de una enfermedad terminal que ponía en peligro a los paseantes, y me lo creo porque es imposible que nadie acometa semejante medida sin suficiente razón.
Pero lo que más me duele es que las gaviotas siguen trazando tirabuzones en el vendaval con sus chillidos como si no hubiera pasado nada. Que la torre de Hércules sigue barriendo con su haz la fachada de las Esclavas y las olas rompen con la misma pertinaz alegría contra las rocas. Que la vida sigue mientras mis recuerdos infantiles se convierten en leña para las chimeneas o, peor aun, para asar un churrasco.