Las condiciones personales y las circunstancias generales de la situación política proporcionaron a la elección de Obama una ilusión parecida a la de Kennedy, como vino a subrayar su hermano Ted, al respaldar al primer negro que aspiraba a la presidencia de los EE.UU.; incluso Michelle resistía la comparación con Jacqueline. No era la persona del aparato, senador joven se había opuesto a la guerra en Irak, profesor universitario con labor social en los barrios de Chicago y un discurso regeneracionista bien articulado que postulaba una nueva forma de hacer política que superase la desconfianza. Un atractivo que se extendería a Europa, ya presidente, hasta el gratuito otorgamiento del Nobel de la Paz. La audacia de la esperanza, un libro para promocionar su candidatura, releído ahora proporciona claves de lo que ha ocurrido en las últimas elecciones y elementos para valorar hasta qué punto ha permanecido lo sustentado entonces, más allá del examen de las concretas decisiones políticas adoptadas. Con una apelación a la esperanza en un futuro mejor había dado a conocerse en la convención demócrata del 2004, en la que se fundó su mensaje de cambio para relanzar el recurrente sueño americano. No es el caso de hacer una recensión, pero al día de hoy puede resultar ilustrativo reproducir alguno de los titulares de sus capítulos: valores, oportunidades, fe, raza, familia. Desprende un aroma que repudia el radicalismo, la actitud de respetar a quienes no piensan lo mismo en cuestiones fundamentales, de encontrar algo en común a pesar de lo diferente y aun contrapuesto de las posturas.
El panorama actual refleja, en cambio, una sociedad más dividida, y una contraposición absolutamente inusual en esta etapa de transmisión de poderes en la que la elegancia y la prudencia, a partes desiguales, están dando un pésimo ejemplo de la democracia americana. Es cierto que la reforma sanitaria, con los condicionamientos del sistema de aseguración, ha sido una iniciativa plausible, que las cifras de paro son espectaculares desde nuestra realidad; pero lo conseguido dista del ambicioso proyecto de cambio. Su proclama inicial ha sido paradójicamente enarbolada por Trump en favor de los nuevos «olvidados», que han visto disminuir sus ingresos, pero no tanto como para obtener los beneficios legales de la pobreza, o abocados a trabajos propios del comienzo de una actividad laboral. Votantes que siguieron creyendo en Obama en el 2008 se han pasado al reinterpretado «podemos» populista de Trump al no visualizar el cambio prometido.
Obama ha terminado por seguir lo políticamente correcto al implicarse en la campaña de Hilary Clinton, olvidándose de los valores que cuentan para muchos ciudadanos, incluidos los de carácter religioso, cuya importancia en EE.UU. él mismo subraya en el libro citado. El Camelot ideal de Obama podría quedar resumido como el desencanto de la esperanza.