Siempre, cuando llegan estos días que forman la bisagra entre los dos meses centrales del verano, julio y agosto, acudo la para mí, entrañable nouvelle de Cesare Pavese, Una bella Estate, del mismo título que esta columna, para escribir en el frontispicio de la memoria una reflexión por los días idos, por el tiempo que se escurre como el agua que intentamos apresar en nuestras propias manos.
Pavese, que editó este libro un año antes de morir en 1950, escribió una conmovedora y sencilla frase con la que comenzaba su narración: «Por aquel entonces siempre era fiesta», para adentrarse en esa dualidad de contrastes tan querida por el autor contraponiendo campo y ciudad contemplada desde la extrema belleza de su Piamonte natal, y subrayando la militancia y cercanía de la clase obrera que vertebra toda su obra.
Y yo, desde esa nostalgia que brota en el corazón del verano, que se instala en mi mirada de nubes y claros, proclamo la bandera ondeante de agosto, que se instala permanentemente en la popa de esta nave que navega hasta que san Roque clausura el ciclo festivo de la memoria y los fuegos artificiales de mi pueblo decretan que el otoño de los atardeceres debutará a la vuelta del calendario, recuerdo y leo en voz alta, otra frase de Pavese en su texto cuando señala que es «seguro que vuelve en verano, todas las estaciones se repiten»
Y vamos acumulado veranos, sumando agostos, archivando los meses de luz que brotan por abril, paseando las tardes con una galbana antigua de coleccionista de crepúsculos, para reivindicar el verano continuo archivado en el infinito catálogo de los recuerdos. Mis veranos son la mar, que miro buscando ese trasluz, que pone poco a poco el límite a la noche, porque la mar, cuando anochece, se cubre con las sombras y se acuna dormida hasta que se ve la línea del horizonte. Mis veranos están tejidos con saudades, que es palabra portuguesa que atravesó la raya de los afectos, mis veranos crecieron en torno a un bastidor donde fui bordando la fiesta y los amigos, hasta que, como conté en algún libro, se apagaban las luces de la verbena, y entonces supe que el verano huía, se alejaba despacio sin hacer ruido y abría las cortinas de septiembre. De mi amado pueblo, cuando yo era un adolescente, se iban con septiembre las risas y el bullicio de los veraneantes, para no volver, y el pueblo se replegaba, instalaba una coraza de lluvias primerizas, que clausuraba apresurado el bello verano de Pavese, mi bello y añorado verano.
Por eso escribo, insisto, entre nubes y claros, entre el sol y las sombras, entre el orballo matinal y el bochorno de los mediodías, intentando hacer un himno silencioso que se instale en los treinta y un días que tiene agosto, mientras releo los libros, los textos, de mi juventud adulta con los que fui feliz en un bello verano que vive, que habita, mi memoria toda.