Relatos de la posverdad


La posverdad es «información que no se basa en hechos objetivos, sino que apela a las emociones, creencias o deseos del público». La RAE, al incorporar esa palabra a su diccionario, ha ejercido la función notarial del lenguaje utilizado, sea culto, como en este caso, o vulgar como el discutido «iros». El término fue calificado, con razón, por el director de la RAE, de interesante a la vez que preocupante. Y es que la docta institución constata una realidad no siempre advertida. Puede tratarse de una información puntual o, lo que tiene mayor importancia, de un relato que pervierte la función de la historia. No se trata de la duda del escribidor de novelas sobre si ha de atenerse a la realidad estricta o mezclar realidad con ficción para rellenar los huecos. El lector es consciente de qué género literario se trata. Una duda que no debe tener cabida en quien realiza la información periodística si ha de tener como referencia la veracidad. El relato es narración construida a partir de hechos que, reinterpretados y manipulados, se empaquetan como un producto para el consumo, con desinterés por la verdad, al servicio de una convicción ideológica o política que pretende imponerse, de la que discrepar conlleva un riesgo. No es casual que, como género, haya sido identificado a la vista de la propaganda característica de las dictaduras.

Subsiste en la actualidad de diversas formas, también en sociedades democráticas, donde es más fácilmente aceptado al asociarse con la posverdad. En la historia de Cataluña, contada de generación en generación, puede haber un hilo conductor, al menos desde el siglo XVII, sujeto a revisión, pero integrar en él lo de «España nos roba» para justificar la independencia es un relato.

Al relato en la información durante la etapa significada por Franco, se sobrepone otro sin matización alguna. Aquella no respondió a un Estado democrático; este fue un logro de la Transición, que no empezó desde cero, como en mi ámbito profesional testimonian leyes y jurisprudencia propias de un Estado administrativo de derecho. Bajo la manta de la dictadura se ocultan hoy demasiadas cosas. La aceptación del relato se manifiesta en la extemporánea sobreactuación antifranquista de algunos políticos. Pero es que, además, los relatos son asimétricos. Según otro, el Gobierno de Arias Navarro fue aperturista, pero omite que no se opuso a una pena de muerte en el final de aquella etapa.

Un notable porcentaje de los consultados, según el CIS, es partidario de que las comunidades autónomas queden como están. Ni la Constitución, ni por supuesto la verdad, son un obstáculo para el relato, por poco refinado que sea. Se presenta lo política o ideológicamente correcto aunque haya que relativizar derechos fundamentales y reconocer como tales aspiraciones o hechos que pueden ser regulados de otra manera, o que imponer como regla para la mayoría lo que es reconocimiento de una minoría. La discrepancia se sanciona con descalificación.

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