A mediados de los sesenta, cuando yo tenía ocho años, era un gran admirador de una pareja de cantantes españoles que se llamaban Manolo y Ramón, el Dúo Dinámico, que yo estaba convencido de que cantaban para mí. Me acuerdo ahora de ellos por el final del verano. Un verano extraordinariamente veraniego, y no invernal como los de antes del cambio climático. Un verano sin canción del verano, pero con muchos muertos, como las películas de serie b: muertos en las carreteras, en las Ramblas, en las playas, en la intimidad de los dormitorios. También el verano de la furia de los elementos, fuego y agua.
Y ahora lentamente se recompone la sociedad, los españoles vuelven a sus trabajos, los jueces de la lentitud de la Justicia, los médicos de las listas de espera, los diputados de la tele -los veteranos diputados vitalicios y los jóvenes que aspiran a serlo, ¿cómo están ustedeees?-, en fin, los futbolistas. Pero este otoño, eso sí, nos aguarda la juerga de la independencia de Cataluña, cuyo problema no es el paro ni la corrupción, sino que somos usted y yo; y que nos dará grandes momentos para amenizar el curso. Yo querría que el final del verano de mis amigos dinámicos fuera el final de muchas otras cosas y el principio de una vida civilizada, lectora, cinéfila, melómana, una vida que muchos no saben que tienen al alcance de la mano. Porque en esta sociedad hay cines, librerías, bibliotecas y ya existen, como en Alemania, orquestas públicas y privadas, ya existen el director Rogelio Groba y su Orquesta de Cámara Galega. Y seguimos mirado hacia otro lado.