Hace veinticinco años, mientras España se zambullía en una fiesta (Expo, capitalidad cultural, olimpiadas...), en Italia un fiscal levantaba las alfombras y ponía patas arriba el país. La operación Manos Limpias (qué desagradable evocación tiene ese nombre aquí) destapó un enorme fraude que se extendía desde el Parlamento hasta la empresa, la justicia y los medios. Y mientras en España se cortaban cintas y Pujol reivindicaba el «Catalonia is not Spain», en otra orilla del sur de Europa, un señor de Milán se mecía en la tumbona, dejaba que el olor de la podredumbre se extendiera y preparaba su asalto a lomos de lo que los italianos querían oír y él, Il Cavaliere, les iba a prometer: menos impuestos, menos Estado, más libertad, más progreso y ¡Forza Italia! Hoy lee uno el periódico y se da cuenta: ahí, tan cerca estaba el molde. Nos llevan 25 años de ventaja.