«Al aire van los recuerdos y a los ríos las nostalgias. A los barrancos hirientes van las piedras de tus casas. ¿Quién te cerrará los ojos, tierra, cuando estés callada? En los muros crece yedra y en las plazas no hay solanas, contra la lluvia y el viento se golpean las ventanas. ¿Quién te cerrará los ojos, tierra, cuando estés callada?».
Así comienza la canción de José Antonio Labordeta cuyo título encabeza este artículo, y también el libro de Virginia Mendoza subtitulado Historias de arraigo y soledad en la España rural. No es un tema nuevo, Delibes o Llamazares lo han abordado en su obra y, más recientemente, Sergio del Molino, autor de La España vacía, o Paco Cerdá, quien en el libro La Laponia española habla del conflicto político invisible que afrontan las áreas despobladas
Los llamados desiertos demográficos son aquellos territorios cuya densidad de población es inferior a nueve habitantes por kilómetro cuadrado: más del trece por ciento de la superficie de España entra en esa categoría, pero no está de más recordar que densidades inferiores a nueve habitantes por kilómetro cuadrado están presentes en áreas de la montaña gallega; concellos como O Courel o Cervantes son ya nuestros desiertos demográficos.
Más de mil quinientos núcleos de población de Galicia están vacíos, y cerca de mil tienen un único habitante, su muerte cerrará el pueblo. Áreas como la cuenca alta del río Mera o las sierras próximas a Melide, en A Coruña, territorios lucenses como el entorno de Chantada y Taboada, lideran ese siniestro ránking de pueblos abandonados, a los que en los próximos años se sumarán otros muchos que hoy tienen menos de cinco habitantes. En las pequeñas villas está empezando a ocurrir lo mismo. Piensen en A Fonsagrada, en Baleira, en Parada de Sil o en As Nogais, cuya población desciende, año a año, y envejece.
No se trata de una visión nostálgica, soy realista y sé que asistimos a la desaparición de un modo de vida basado en una relación diferente con nuestro entorno y, probablemente, como sostienen algunos, se ha mitificado la vida rural. Sin embargo, hoy vemos cómo las políticas que generaron ese éxodo rural no plantearon cómo se gestionaría el nuevo modelo territorial de áreas despobladas, de desaparición de las actividades tradicionales, riesgo de incendios, plantaciones masivas, etcétera, y tampoco parece que los actuales gobernantes sepan cómo abordarlo. Lo ocurrido en Portugal es un buen ejemplo.
Antes de escribir este artículo me he ido a visitar un par de lugares deshabitados en el concello de Monfero, en las proximidades de las Fragas do Eume. A pesar de su belleza, y de imaginar un pasado vital, producen una sensación de tristeza. Algunos de los pueblos del entorno tienen únicamente una o dos casas habitadas por personas de edad avanzada; con su muerte desaparecerán. Nuevos territorios que se sumarán a nuestro desierto demográfico.
Los pueblos no decidieron sumergirse en los embalses ni la gente emigró feliz y voluntariamente a la ciudad, como nos han contado. Fueron políticas, y decisiones concretas, que ignoraron las consecuencias ambientales, éticas, culturales y personales de ese éxodo masivo; por esa razón existen los desiertos demográficos y por eso nuestros pueblos se abandonaron y se seguirán abandonando, porque muchas de esas políticas siguen vigentes.
Sé que el tema no es nuevo, pero la pregunta -¿quién te cerrara los ojos, tierra, cuando estés callada?- nada tiene que ver con la nostalgia de un mundo que desaparece, trata, simplemente, de recordarnos la verdad de lo ocurrido.