Vaya por delante que no pretendo criticar la celebración del Black Friday, aunque dure más de lo debido y la matraca publicitaria nos perfore el cerebro. Me parece bien que la gente aproveche las oportunidades en las compras, aunque me cuesta entender por que todos lo tenemos que hacer el mismo día, con aglomeraciones y atascos, pero si el reclamo funciona es que los consumidores están de acuerdo.
Los datos de ventas son absolutamente mareantes y según las encuestas cerca del noventa por ciento de las personas que conoce su existencia compra en ese día. El gasto medio por español supera los doscientos euros y en países como Estados Unidos la cifra se aproxima a mil dólares por consumidor; como era previsible, ya han empezado a aparecer los créditos bancarios para hacer frente al viernes negro.
En el pequeño comercio los datos son contradictorios. Mientras algunos observatorios de compras estiman que el Black Friday supone un tirón también para esos establecimientos, muchos pequeños comercios han alertado de que en las semanas anteriores las ventas bajan de manera sustancial y que las que se efectúan ese día no compensan el parón previo. Por primera vez se han visto en algunas tiendas carteles en contra de este tipo concentraciones de venta. Tal como veo yo la cuestión, los grandes perjudicados estos días son los pequeños y medianos comercios, que no pueden competir contra las rebajas de las grandes superficies. Para tratar de aguantar, en muchos casos, estas tiendas se ven obligadas a hacer descuentos, aunque eso suponga un gran recorte en sus beneficios. Todos los esfuerzos son pocos para evitar que las grandes superficies acaparen el inicio de la campaña navideña.
Pues bien, la cuestión es por que no existe una iniciativa similar para comprar productos en nuestras tiendas de proximidad. Conocemos a sus propietarios, los productos son locales, crean empleo en el pueblo, o en el barrio, y el dinero se queda en la zona. Sin embargo, el día que hacemos las grandes compras, el día de más gasto en todo el país, les dejamos abandonados y nos vamos a las grandes empresas o a la compra on line.
Ya puestos, podríamos crear el Nabiza Day, o el Nabiza Friday, por ejemplo, dedicado a la compra de proximidad, tratando así de que las tiendas de nuestros barrios mejoren sus cifras, nuestros fabricantes y productores vendan sus productos y se beneficie el pueblo o el barrio en su conjunto. Obviamente, no pretendo que todo el mundo compre nabizas, pero si los productos estrella son de belleza, moda, calzado y accesorios, esto es totalmente posible en los pequeños comercios.
Yo pertenezco a ese diez por ciento de españoles que no se vio afectado por el Viernes Negro. Compré pan y verduras en el pueblo, me tomé un par de cervezas en el muelle y poco más; nadie me hizo descuento, pero no por eso me sentí mal. Cuando por la tarde vi en las noticias las aglomeraciones en Madrid comprendí por que se llama viernes negro. Ya por la noche, decidí que el día siguiente sería para mí el Nabiza day y me fui al huerto a recoger nabizas que cociné con huevos de las gallinas de Perfecta, chorizos de O Courel y patatas de Coristanco. ¡Toma Black Friday!