La nula capacidad humana para controlar la lluvia parece, a estas alturas, casi una afrenta al progreso del que presumimos. Somos capaces de llegar hasta las entretelas de nuestros genes y de encontrar alejadísimos cuerpos celestes, pero no conseguimos que llueva. Y mucho menos que llueva cuando queremos. Si fuéramos tan listos, haríamos llover a voluntad y casi siempre por las noches, de modo que los cielos llenaran los pantanos, limpiaran las calles, regaran los campos, pero nos permitieran, ya de día, conducir en seco, hacer deporte, ir de compras sin mojarnos o disfrutar del sol con el agua del grifo bien asegurada. Pero no sabemos tanto. Y además, si lloviera solo de noche, se cumpliría el viejo dicho de que «nunca llueve a gusto de todos», y los del botellón se rebelarían, al igual que algunos gremios del trabajo nocturno a la intemperie. Y aquel chavalillo -qué habrá sido de él- a quien le gustaba bañarse en la lluvia, porque le producía la sensación de que lo limpiaba por dentro y por fuera. Sí, estoy con el chavalillo: prefiero que llueva cuando quiera, prefiero no controlarlo todo, prefiero la sorpresa del chaparrón, aunque no siempre resulte agradable, antes que una vida perfectamente planificada, es decir, aplanada, desprovista de sustos, como si vivir consistiera en rodar a velocidad fija por una recta interminable, sin curvas ni cambios de nivel ni animales que atraviesen la calzada. Un vivir saciado, sin dolores ni deseos, de pasiones apagadas, de interminables aciertos aburridísimos que harían improbable el éxito. Lo humano es saber y no saber, acertar y equivocarse y arrepentirse, pedir perdón y perdonar. Porque nunca tendremos todo controlado.
@pacosanchez