Nos encontramos en plena season editorial, como la cuenta Eça de Queirós en sus Cartas de Inglaterra. Antes Barcelona se inundaba de novedades y presentaciones, y sus periódicos y revistas literarias recogían las críticas y las reseñas -que se llamaban recensiones-. En Cataluña, sabiendo que la lengua diferente es el pilar de la independencia, los gobiernos apoyaron con entusiasmo y prodigalidad -rayana en la malversación- la edición de libros en catalán. Parece que las ayudas fueron más allá de lo justo y conveniente. Todavía se recuerda el desembarco como país invitado en la Feria del Libro de Frankfurt en 2007, la más importante del mundo, con el mayor presupuesto de su historia: 16 millones de euros. Una cifra tan absurdamente elevada que los propios alemanes preguntaban con ironía si Cataluña era un emirato árabe. Entonces la Generalitat dejó fuera a los escritores catalanes en lengua española: Mendoza, Vila Matas y Juan Marsé entre otros. Pero de Cataluña paradójicamente sale casi la mitad de los libros en castellano que se editan en España y ha sido pilar de la alfabetización literaria de los españoles. Allí los niños pijos, la gauche divine catalana, -Carlos Barral, Tusquets, los Goytisolos, Beatriz de Moura, Carmen Balcells, Antonia Kerrigan...- se hicieron herederos de los editores de los veinte, y montaron las bases de la literatura que leemos hoy. Se dice que a veces Lara se iba a Madrid, al café Gijón, con los bolsillos hinchados de billetes para comprar novelas entre los escritores de las tertulias. Será verdad.