Han de saber los de Vilalba que la lotería no solo ha dado alegrías -hoy a ellos- y desengaños -a mí, por ejemplo- sino también la mejor literatura. Recuerdo dos magníficos relatos: El primero, de Borges, publicado dentro del libro Ficciones en 1941, se titula La lotería de Babilonia y es, como al argentino le gustaba, alambicado, culterano y burlón. Borges se divirtió como pocos -tal vez Thornton Wilder- leyendo a los clásicos, y luego jugó con ellos como si fueran clicks de Famobil. Y cuenta cómo se crean premios pero también castigos y cómo de la mano de La Compañía, que organiza el sorteo, se va fraguando el estado moderno. Es una parábola disparatada, cruel y universal, y que tiene aires del mundo feliz de Huxley.
Pero en 1960 aparece Rafael Azcona con un volumen titulado Pobre, paralítico y muerto, cuyo primer relato, el de Pobre, narra la pesadilla que vive en Madrid el día del sorteo de Navidad un lotero al que toca el premio gordo. Porque resulta que ha estado vendiendo más participaciones que billetes que las respaldaran. Es una historia del Madrid que contaba también en sus guiones para el cine: El verdugo, El cochecito... En el relato hace frío y huele a castañas asadas y, desde las casas, a lombarda cocida y a los famosos pavos del fotógrafo Alfonso. Yo recuerdo a mi padre decir que era más fácil que se te apareciese la Virgen que que te tocase el gordo. Y es que en su época había muchas apariciones marianas. Estos días, en cambio, que les pregunten a los de Vilalba.