El alemán de Camelle

Eduardo Riestra
Eduardo Riestra TIERRA DE NADIE

OPINIÓN

29 ene 2018 . Actualizado a las 05:00 h.

Corrían los últimos días del invierno de 1976. Yo, empezando estudios de arquitectura que pronto iba a abandonar, me fui de excursión con una novia que entonces tenía y una pareja de compañeros al faro Vilán. Hacíamos fotos, dibujábamos en nuestras pesadas muguruzas y, en fin, nos resguardábamos, junto a una taza de vino, de la lluvia. Volvimos desde Camariñas morosamente, parando donde veíamos que se podía. Así dimos con Camelle. En un bar del pueblo nos hicieron unos bocadillos y nos preguntaron si habíamos visto el museo. ¿El museo? ¿En Camelle? Pues sí.

Se trataba de que tras el espigón, en la escollera, vivía casi desnudo un alemán arisco que recogía lo que el mar arrojaba a las piedras, trozos de corcho, botellas de plástico, cosas así. Había ido construyendo en el lugar una chabola ingeniosa, con trampillas y recovecos, que parecía un submarino y que estaba decorada con cientos de miles de objetos de todo tipo. Era la catedral del síndrome de Diógenes.

Cuando nos acercábamos hicimos alguna foto, de las olas, del paisaje, de la chabola. El hombre, hostil, nos invitó a entrar cobrándonos el acceso, pero no nos enseñó nada. En realidad apenas nos dirigía la palabra, contagiándonos su incomodidad. Por eso estuvimos poco tiempo. Cuando nos íbamos nos pidió trescientas pesetas por haber hecho la foto de la cabaña. Dijimos que no. Se trataba, ustedes lo habrán adivinado, de Man, el ermitaño de Camelle, que vivía alejado de su familia, de su país, del mundo. Hoy dicen que era un gran hombre; será verdad.