De un tiempo a esta parte

Ramón Pernas
Ramón Pernas NORDÉS

OPINIÓN

Ha cambiado todo. La meteorología se instaló en un remolino sin fin, en un tiovivo construido de lluvias que trae nieves y vientos, temporales desabridos y que gestiona galernas. El otoño nos dejó sequías y agotó y agostó fuentes y manantiales convirtiendo impetuosos ríos en mansos regatos. Cerró los paraguas y volvió abrir las sombrillas de las terrazas. Las Navidades gallegas fueron las de una suerte de Galifornia perdida en el Finisterre.

Pero el tiempo decreta sus rutinas y aún desviadas exige que se cumpla el cupo de litros por metro cuadrado. Y si hay que alargar el invierno se alarga y se encadenan las borrascas que ahora tienen nombre en código paritario y en lista de cremallera, hombre, mujer, hombre, y a Enma le sucedió, Félix, y a este la delicada Giselle que mas allá del clásico ballet romántico de Teófilo Gautier, enseñó sus dientes de vientos e inundó rúas de aldeas y ciudades con su torrente de lluvias. Ahora le toca a Hugo. Y así, como una acuosa melodía encadenada, va creciendo la memoria de las ciclogénesis mas o menos explosivas.

Falta menos de una semana para que se proclame formalmente la primavera. Se nota en el color de la tarde, en esa pereza alegre que pone todo su empeño en dilatar su declinar vespertino, se instala de manera paulatina en las mimosas que siembran de miles de flores amarillas las ramas de los árboles, en las hojas suavemente malvas de los prunos, en la cabellera blanca de los almendros silvestres. Poco a poco, la naturaleza muda su piel de invierno, y ahora que dispongo de mas tiempo para perderlo, observo con especial interés la república de los pájaros que hacen parada y fonda en mi jardín de ciudad.

A la bandada de aves familiares y residentes, a la bandada proletaria de gorriones que habita todo el año junto a mi casa, se ha unido un par de parejas de jóvenes urracas, presumidas y desafiantes, que conviven con los madrugadores mirlos que anuncian alborozados las primeras luces de la mañana, pero mi obsesión no es otra que escuchar el primer canto del cuco que anuncia abril y que aguardo como las dos estrofas iniciales de un himno de buena fortuna.

Yo aprendí a escuchar el cuco que anida en hogar ajeno, en las páginas de los libros de Cunqueiro que me trasladaban por estas fechas a la frondosa selva de Esmelle que lindaba con la casa de su hermana Carmiña, frente por frente con la mindoniense catedral de la Asunción. Y me gustaba escucharlo haciendo el contracanto a la Paula, la campana mítica de la seo, o cuando en la mañana del Viernes Santo introduce el canto del cuco, los primeros compases del Plorans de Pacheco. Son historias con fondo sinfónico de lluvias que dilatan el invierno y ralentizan la llegada febril de la primavera. Son extraños fenómenos que acontecen de un tiempo a esta parte, y de los que quiero dar cuenta y razón mientras anuncio la seguridad de una, otra, nueva primavera.