Adiós, Quinín

Ramón Pernas
Ramón Pernas NORDÉS

OPINIÓN

Ha tenido una buena y larga vida, vivió querido y mimado por quienes lo cuidaron, por sus amigos, e incluso por el alcalde de Carral, que encabezó una suerte de comando rescate par comprar la libertad de Quinín a su anterior propietario y ubicarlo en una especie de chalé en una finca para que pudiera vivir libre y gozar del afecto de sus amigos humanos. 

Ya habita en esa categoría de los cerdos famosos, como la Miss Peggy de los teleñecos o el entrañable Porky de los dibujos animados de la lejana infancia. Ya está al lado de los Tres cerditos del precioso cuento infantil, de Babe, el cerdito valiente, de los dos cerdos protagonistas de Rebelión en la granja de Orwell, Napoleón y Snowball, que estaban inspirados en Stalin y Trotski.

Está con los grandes, entró en la leyenda, el cerdo que se creía perro, que se comportaba de joven como un can cuando su primer dueño lo sacaba a pasear por Dumbría en compañía de su perro.

Fue indultado de forma reincidente para no ser sacrificado cuando por San Martiño se decretaba la matanza de cochinos, se salvó y se hizo popular. Murió de viejo cuando ya había cumplido catorce años, falleció, meu pobre, de «un fallo cardíaco por sedentarismo» y el diario, este periódico que dio la noticia de la muerte de Quinín, añade que «no hubo autopsia».

Seis años llevaba su último cuidador junto a Quinín, quien visiblemente afectado declaró que «ao pobriño estáballe chegando a hora, morreu de vello, levaba un tempo que non estaba ben». Prácticamente ciego e inapetente adelgazó casi cien kilos de los cuatrocientos que llegó a pesar.

Y en el cielo de los cerdos hay ya un lugar de honor para este cochino popular y campesino, icono amado por vecinos de su aldea, que como ofrenda para su alimentación le llevaban tartas y hasta restos de marisco de los días grandes, de la mesa de las fiestas mayores.

En Galicia hay una simbiosis particular con el cerdo, soporte alimentario para todo el año de las familias tradicionales. Su vida es un tesoro, llegan a las casas cuando son «do paxe», lechones recién nacidos, o «do cordel», cuando ya pueden caminar, Si su vida es un bien preciado, su muerte, la matanza de noviembre, una fiesta, un alborozo para las familias que han contribuido a su crianza.

La Galicia del lacón, del botillo, de los chorizos, la Galicia del cocido de los inviernos tiene en el hermano cerdo un santo y seña preclaro. Evitó hambrunas y afianzó el capital gastronómico de muchos hogares.

Hoy entono un réquiem por uno de los nuestros, por Quinín, que murió en un día en el que una raiola de sol, entre dos chubascos, se coló por la puerta de su cochiquera, y le digo adiós, en recuerdo a los cerdos que, como el de Espasante, se comportan como humanos participando, antes de ser subastados y condenados a muerte, en la vida local, como uno más, y hasta acuden a las tabernas, por si cae algo.

Adiós, amigo, que en gloria estés, «fóra a ialma».