Nadie podría imaginar hace un año que Pedro Sánchez tendría ni la más mínima posibilidad de ser el tercer presidente socialista de la democracia española. Su estrategia está dándole resultado y ha confirmado aquello de que en política nadie puede dar todo por atado -y bien atado-. Lo que parece cierto es que Rajoy no seguirá siendo presidente en los dos años que faltan para el final de la legislatura. Respecto al PNV, da pena saber que su decisión no tiene que ver con un rechazo a la corrupción.
Ha quedado claro que ese no es su problema y su comportamiento recuerda más al avaro de Dickens que al de los defensores de la ética política. Pero al honor no se le puede poner precio. Los votos guardados en la chistera de su portavoz en el Congreso no los carga la voluntad de regeneración democrática, o el compromiso con la dignidad y la ética de la vida pública, ni siquiera su alianza natural con los planes de los independentistas catalanes.
A su pareja de baile solo le pide un bolsillo abultado y disposición para pagar la cena. Se han dejado querer hasta el último momento y han tenido en vilo a todo un país por determinar con sus cinco diputados en la Carrera de San Jerónimo, el futuro inmediato de millones de ciudadanos que no votan en Euskadi.
Tal vez sea hora de revisar la ley electoral, pensada para otro tiempo y otras circunstancias, porque la costumbre nos enseña que no hay barreras para entrar a negociar cuando es dinero lo que se pone sobre la mesa, consolidando, presupuestos tras presupuestos, la fuerza que tienen quienes menos representan a la mayoría, generando inequidad en la financiación autonómica y desencuentros territoriales que se convierten en palabras mayores. En lo inmediato, no parece fácil configurar un escenario estable con las turbulencias que dominan el ambiente en el palacio de las Cortes, ya sea de coalición, o monocolor con apoyos puntuales.
Mayo del 2019 será tiempo de elecciones en ayuntamientos y en las autonomías no históricas; tal vez sea también un horizonte razonable para que la moción de censura se vea justificada si se convocan a la vez las generales. El PSOE necesita ser legitimado por los votos de la ciudadanía y lo será si obtiene un resultado mejor que los dos últimos, pero seguirá necesitando de otros apoyos que no debe perder por el camino, comprobado como está el carácter indómito de sus necesarios compañeros de viaje. Cataluña será un hueso duro de roer y Ciudadanos no va a conformarse con este giro dramático que viene a dificultar sus expectativas en función de recientes sondeos. Sobre el PP, mejor no hacer cábalas. Queda mucho trigo judicial por segar y lo que se cuestiona es su misma legitimidad como partido político si los recursos confirman aquello tan tremendo de «organización criminal nacida con el ánimo de delinquir». Si es así, el último que apague la luz.