La noche más corta

Ramón Pernas
Ramón Pernas NORDÉS

OPINIÓN

Los griegos la llamaban la puerta de los hombres, que es donde se cobija el sol de San Juan que tiene un corazón dorado que solo se deja ver en la mas mágica de las noches arropada con el solsticio de verano. 

Tiene para mi un baúl de emociones juveniles, un pálpito antiguo y me siento Puck, soñando en una noche shakespeariana de verano, cuando por San Juan se decretaban señales en el cielo que alimentaban la cenefa de hogueras plantadas junto a la mar.

Y el Bautista levantaba la prohibición del baño de olas de mar, después de entregar el cuerpo al rito de nueve ondas de agua que morían en la playa sombría de la memoria.

Invariablemente yo estrenaba, allá por la infancia lejana y la huidiza mocedad, un par de sandalias de cuero, franciscanas, siempre iguales que me producían dolorosas ampollas tras la caminata al mundo de la noche, y después de la amanecida lavaba mi rostro en una jofaina donde había dejado la noche anterior un puñado de flores, que se llenaron de claros de luna, durmiendo a la fresca, y un mapa de estrellas con todas las constelaciones, allí estaban Casiopea y Andrómeda, Perseo y Orión, la polar y la Osa Mayor, haciendo guardia junto a los pétalos náufragos de noche y días.

Después de ese día, se me escapaba el verano, julio huía como un forajido por entre las playas y los días de vino y rosas, los días mermaban despacito hacia un otoño que para mí comenzaba después de la fiesta de la Virgen de agosto, cuando terminaban las verbenas de san Roque y se descolgaban las guirnaldas luminosas de las fiestas, y se colaba un frío vespertino que siempre traía malos presagios.

Agosto, como la noche de San Juan , era el mes mas corto, se iba en un pispás, un mes paseado al anochecer en un tiempo sin horas, con luna llena y gintonics, y bailes juveniles en la plaza mayor de nuestra adolescencia, y llegaba la rutina, el viaje de regreso a la ciudad, y la melancolía prendía en tu cabeza como una yedra que crecía durante todo el invierno.

Ayer, adelanté San Juan y comí con Alfredo Conde, con Manel Otero, con Cesar Antonio y otros veinte amigos en el comedor generoso de Melquiades las primeras sardinas de la temporada -por San Xoán, a sardiña molla o pan- y se incendiaron en mi corazón saudoso todas las hogueras de otras noches, y el sol se tiñó con el oro viejo de los recuerdos mientras sonaba poderosa la melodía de la nostalgia, y escuché a Cole Porter en la distancia, y desde este Madrid al que ya llegó el calor, Galicia fue una cita a plazo fijo, quizás la noche más corta. Por San Juan.