Me pregunto si la ciudad rusa de Kazán recibió ese nombre en honor al perro canadiense que creó James Oliver Curwood. Si esto es así, tal vez podría haberse llamado Colmillo blanco, un nombre mucho más bonito. El caso es que la tragedia se ha consumado y las multitudes argentinas, armadas de calabaza y bandera, recorren las calles de la ciudad rusa llorando su desgracia. Los franceses, a los que tanto culto rindieron los escritores argentinos del siglo veinte -como inmortalizara Cortázar en Rayuela, por poner un ejemplo-, acaban de rebanar el gaznate a sus pupilos existencialistas. Yo no sé si al escritor Ernesto Sábato le gustaba el fútbol, me imagino que sí, porque eso se lleva en la sangre, y tal vez escuchara discos de George Brassens comprados en la época en que trabajaba en el laboratorio de Marie Curie en París. Sábato dio la espalda al gabacho para escribir El túnel, que se compara -yo también la comparo- con El extranjero de Camus y el Pascual Duarte de Cela, ambas publicadas en 1942, es decir, seis años antes. Ahora que se cumplen setenta años de la edición de la novela, Seix Barral saca una nueva edición conmemorativa que coincide con la biografía que Mariana Enríquez publica sobre mi admirada Silvina Ocampo, la mujer en la sombra de Bioy Casares, es decir, la mujer a la que le hacia la competencia Borges. Las hermanas Ocampo, Victoria y Silvina, Borges y Bioy eran más anglófilos que afrancesados y detestaban a Maurice Chevalier. Ayer la historia les ha dado la razón.