Si fuese cierto que tenemos los políticos que nos merecemos, también lo sería que tenemos la universidad que nos buscamos. Pero no es verdad. Corporaciones municipales, diputaciones y parlamentos están llenos de políticos honrados, y en las aulas universitarias prima la excelencia que exige la cátedra. ¿Quién no ha sentido alguna vez la tentación de copiar? Al que no lo hizo, quizás lo frenó la vergüenza o el miedo a ser descubierto.
¿Quién, alguna vez en su vida, no se tapó los oídos ante el insistente parloteo de Pepito Grillo y se dejó seducir por el camino más fácil, que puede ir desde la mentira piadosa al delito, pasando por las progresivas fases del engaño, el fraude, la estafa o la prevaricación?
El antídoto, en otros tiempos, pudo ser la aversión al escarnio público o el pavor a las llamas del infierno. Hoy en día, la posibilidad de figurar en una lista de morosos, el sonrojo de abrirle la puerta al cobrador del frac, el sudor frío de la citación bancaria o el terror a la pérdida de la libertad pueden actuar como revulsivo frente a las más bajas pasiones.
Pero los peores instintos están ahí, y nadie saldría indemne de un paseo por el Callejón del Gato o de un recorrido por el laberinto de los espejos cóncavos y convexos. Tampoco de una lectura tendenciosa y puntillosa de un tuit, una carta, un examen, un trabajo de fin de máster o una tesis doctoral.
Por eso hay que tener cuidado con el revisionismo, la moralina, la paja en el ojo ajeno y la caza de brujas.
Hay otros vocablos disuasorios en el campo semántico de lo que hoy es trending topic: disciplina, esfuerzo, responsabilidad, decoro, honradez, decencia... Pero están pasados de moda y lo que prima es la apariencia, la fama, el instante fatuo, el mensaje punzante, el titular ingenioso y el corta y pega.
¿No somos todos iguales? Sí, lo somos, pero todos tenemos la opción de tomar por un camino o por el otro. En realidad, por un laberinto de caminos: el asfaltado, el pedregoso, el recto, el torcido, el de la derecha, el de la izquierda o el camino del medio. Mi abuelo me decía que no había nada como dormir con la conciencia tranquila. Y tenía razón. No hay comisión, ni sobre ni mordida que pague una noche a pierna suelta. A los nietos de hoy habría que actualizarles el mensaje: «Compórtate, a ver si vas a acabar de presidente del Gobierno».