Desde los primeros tiempos de la televisión en España, que yo viví, la publicidad formaba parte del espectáculo. De vez en cuando, en los anuncios salían famosos como Torrebruno o Carmen Sevilla, que a los espectadores, algunos de los cuales teníamos siete años, nos recomendaban una galleta, una lavadora o una copa de coñac. En general los artistas de la casa, periodistas incluidos, tenían prohibido hacer publicidad, me imagino que por una especie de conflicto de intereses. Pero ahora la cosa ha cambiado. Las marcas se han metido en los telediarios, y lo mismo te dan una noticia sobre Cataluña que te venden un colchón de látex. Vale, a mí me da igual. Pero hay algo más que sí me molesta, y mucho.
Los famosos se supone que refuerzan con su prestigio el artículo que venden. Ya saben, si Matías, Jesús, Rafa me recomiendan ese banco, aquel seguro, tiene que valer la pena porque son de fiar. Pero también es de fiar Sobera, y nos trae con su sonrisa franca la manzana envenenada. Sobera es el cuñado simpático que se deja untar para llegar a fin de mes, y tras él vienen los que no necesitan esos ingresos, como Jorge Javier Vázquez, y detrás aún los líderes de la juventud, los multimillonarios: los futbolistas a cuyo frente, como no, marcha Cristiano Ronaldo. Son el ejemplo para millones de jóvenes en el mundo, y recomiendan la ludopatía como podrían recomendar la cocaína o la prostitución de lujo. Pero lo único que buscan es comprarse un avión. Bueno, en el caso de Cristiano, otro avión.