Cuando en 1910 el diplomático angloirlandés Roger Casement presencia el castigo a unos nativos en el Putumayo peruano por haberse emborrachado, hace un elogio del bebedor y enaltece a los teutones que no tienen miedo a embriagarse, porque no tienen nada que ocultar. Sobre la bebida, dice, los ingleses han construido un imperio. Ya Leandro Fernández de Moratín a finales del siglo dieciocho, en sus «apuntaciones», explicaba que el príncipe de Gales se emborrachaba todos los días. Cuando yo viví en Londres se comentaba con gran entusiasmo la afición de la reina madre y de la princesa Margarita al dry Martini. Sobre la primera, de avanzada edad, se decía que estaba conservada en alcohol. Los ingleses de las colonias bebían al ponerse el sol y a aquella primera copa le llamaban sun downer. El alcohol ha sido siempre el combustible de la navegación, y el saltaparapetos de las guerras, la doble ración de ron de los piratas.
En lo que a nosotros nos toca es cierto que somos más remilgados, aunque en la religión católica para realizar el milagro de la consagración haya que meterse un lingotazo. Por Bilbao se cuenta que en el club de caballeros La Bilbaína había un servicio de recogida de socios borrachos a los que alojaban en una de las habitaciones y llamaban a su casa para decir que «el señor esta noche se queda en el club». Nuestros borbones, como buenos teutones, han sido grandes bebedores, ellos y ellas, pero me temo que entre la sangre griega y la asturiana se está arruinando el pedigrí.