Lo recomienda Gwyneth Paltrow en su catálogo de regalos que sugiere desde su portal de obsequios distinguidos. Pero no es una aldea elegida al tuntún caprichoso, está en Galicia, en un idílico Valle de Riotorto, en donde la Mariña luguesa busca el Cantábrico para navegar historias. Y por 150.000 euros se convierte en propietario de un edificio de tres plantas en buen estado de conservación de unos trescientos metros, dos viejas casas de piedra y madera, una horno para cocer el pan y un hórreo para dar fe de vida que hasta hace muy poco tiempo en la aldea de O Muiñovedro habitaron familias campesinas que guardaban la cosecha en el cabazo para pasar sin sustos los inviernos.
Galicia tiene un paisaje interior de parroquias, de aldeas, de lugares despoblados, vacíos. Son testigo de un pasado todavía reciente que un día se llenó de vida y que al morir el último habitante se pobló de muerte y de olvido.
«Cando morreu o vello isto acabouse, e isto acábase, ninguén quere vivir nas aldeas pequenas», me contaba un paisano de otro de los lugares de la Galicia en extinción, hace un par de veranos, mientras ambos contemplábamos cómo discurría y cantaba el agua de un regato que antaño movió las piedras de un molino.
Cualquiera que disponga de 150.000 euros puede comprar, y regalar por Navidad, la aldea de Riotorto, pero nadie podrá adquirir su memoria, la de los días grandes cociendo la hornada de pan de trigo, las notas, el sonido, los acordes que salieron del saxofón «dun home que vivía aquí, e que tocaba na banda de música de Riotorto», como señalaba Tania Taboada en este mismo diario, no puede comprar la memoria de uno de los cientos de Balbinos que habitaron las Memorias dun neno labrego de Neira Vilas. No están en venta los adioses, las despedidas de quienes se marcharon a la emigración y no regresaron nunca, ni el rumor del río, ni el rocío de las mañanas heladas del invierno. Nuestras aldeas guardan el tesoro de la memoria de lo que fuimos, de lo que hemos sido, no son la estampa de una naturaleza muerta pintada por un maestro impresionista.
Son naturalezas vivas, calladas, que sufren el abandono de la deslealtad de una sociedad que dejó atrás algunas de sus señas de identidad.
Geografía deshabitada donde ya reside el viento, como en un poema de Novoneyra, Galicia de los pueblos interiores, sembrada de lugares donde ya no vive nadie, donde ya no nace nadie, mapa que se va desmoronando y ya no suenan las campanas en la espadaña de la iglesia donde, en un tiempo que comienza a estar lejano, hubo un bullicio campesino de risas y alalás, en un país ya irrecuperable. Regale una aldea por Navidad, ofrezca un retazo de vida recuperada, hágale caso a Gwyneth Paltrow.