En tiempos de paz se les mira con cierta distancia y prevención. En tiempo de guerra causan una mezcla de respeto y miedo, ya que se les sabe necesarios para proteger a la población, pero sus requerimientos económicos y humanos suelen acabar con la economía. El ejército de un país democrático es una institución sólida y discreta, que cumple sus funciones al servicio de la sociedad manteniéndose al margen de la política y por ello se le respeta.
No es el caso en los países en los que el Gobierno es una dictadura. En estados no democráticos, el ejército puede ser su soporte u ocasionar su derrumbe. Y esto lo sabe incluso un ignorante incompetente como Nicolás Maduro, quien ha posicionado a miembros de la cúpula militar en puestos clave. No es de extrañar que, tras la autoproclamación de Guaidó y tras su llamada al ejército para derrocar a Maduro, los generales con mando en las siete principales plazas del país con Vladimir Padrino, el ministro de Defensa, al frente, se apresuraran a comunicar su lealtad al régimen madurista.
Pero los generales, aún detentando un mando difícil de cuestionar, no constituyen la columna vertebral de un ejército. Son los mandos intermedios, más numerosos y en contacto directo con la tropa, los que tienen el poder en su mano. Y estos, como parte de la sufridora sociedad venezolana, tarde o temprano, se pronunciarán y no será de manera agradable. Nicolás Maduro haría bien en recordar que la historia, incluso la más reciente, está jalonada de múltiples coroneles que han derrocado a tiranos.