Nos consta que la ¿industria? está de uñas y que miran con envidia allende los Pirineos, como si bastara con eso. Su modelo es envidiable, incentivan la exhibición de su cine en pantalla grande, rascan unos euros de la recaudación de las películas ajenas para reinvertirlo en las suyas y enamoran a su público natural, de siempre cómplice, hasta ser capaces de mirar a otro lado aunque la mercancía sea caduca, que tampoco andan muy frescos. Los franceses apoyan a sus creadores y lo exhiben con orgullo, como chovinistas que son. Haciendo un símil ligero, mientras ellos prefieren trap, sunopop y folktrónica -tres de los géneros en vanguardia, según leo en la Red, perdóneseme mi ignorancia-, aquí seguimos con gregoriano, coros y danzas y… Eurovisión, porque ignoramos a nuestro cine. Así es imposible. No puede ser que las cinco finalistas a la categoría principal sumen cuatro millones y pico de espectadores y poco más de 25 millones de euros brutos, algo menos que el total de la facilona Bohemian Rhapsody. Y, de no ser por la grata y ponderada Campeones, el desastre sería comparable al del Vesubio con Pompeya… Pero es injusto, porque tanto la antes citada como Todos lo saben, El reino, Carmen y Lola y Entre dos aguas, contienen más arte que el pastelón sobre Mercury. Por eso hay un problema y la Academia con sus Goyas bien haría en ganarse a los exhibidores para así enamorarnos del cine español.